miércoles, 30 de noviembre de 2011

Metamorfosis.

          Empiezo esta entrada disculpándome con mi preciosa princesita {Celta}… Sí, mi querida princesa, perdóname por la tardanza en responder, aunque también es cierto que cuestiones profesionales y personales me han impedido, hasta ahora, hacer honor a tu encargo.

          Los amigos de Directorio de Blogs de BDSM propusieron un “juego”, que consistía en crear un relato por capítulos entre todos. Ellos nombraron a seis blogs para empezar el primer capítulo partiendo de unos personajes y una situación, y esas seis personas nombran a otras dos para el segundo capítulo, y así sucesivamente hasta el quinto y último capítulo. Las bases del juego las encontraréis en http://directorio-blogs-bdsm.blogspot.com/2011/08/un-juego-os-apetece.html.

          Y la preciosa princesita me encargó continuar el juego con el tercer capítulo, como continuación de su relato “¿Quién es Eva? http://laprincesasumisa.blogspot.com/2011/10/un-juegoun-relato.html?zx=286496030e50de99

          A mi vez, para continuar con el cuarto capítulo delego en algamarina, tan cariñosa y que vuelca todo su sentimiento cuando escribe, y en janna De SR; estoy segura que ambas esribirán una continuación preciosa de este relato.

          Gracias a todos: por la idea, por ceder el turno, y por continuarlo.


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Metamorfosis.




          Siempre me ha gustado ser puntual. Pero hoy especialmente. Aún me sobran 15 minutos para las diez de la mañana… Y ya estoy frente al hotel. ¿Quizás nerviosa? No, más bien expectante. Y firme. Y decidida. Y segura. Muy segura de mí misma. Las últimas 24 horas han sido realmente intensas, a la vez que inexplicables. Aún no entiendo bien qué ha sucedido en mi interior, cómo he podido hacer lo que hice. Recuerdo cómo cuando era pequeña era un chiquillo más, una niña extraña con un cuerpo que no hacía presagiar en qué me convertiría con el paso de los años. Pero en mi interior se entremezclan lo femenino con lo masculino, y en verdad que estoy ya bastante acostumbrada a unas maneras y un comportamiento que parecen ser de fortaleza masculina.

          Pero ahora todo ha cambiado. No he dormido mucho, pero sí lo suficiente para saber con certeza cuáles serán mis siguientes pasos. Y entro en el hotel. Me encamino hacia el ascensor… Y noto en mi espalda las miradas… Los ojos de todos están clavados en mí… mis pasos son firmes, seguros… Y por supuesto, provocativos. Así, pisando con firmeza, llego al fin al pasillo al fondo del cual está esperando… Él. Esta vez todo será distinto. Lo que sucedió ayer no va a repetirse, no en esa manera. Seré yo ahora quien dirija, quien diga cuándo sí y cuando no. Ayer, en el parking disfruté, sí, disfruté mucho… Pero cuando Pablo quiso. Hoy será justo al revés, él disfrutará cuando yo quiera. No tiene ningún derecho sobre mí, y desde luego ningún poder, pienso mientras una sonrisa con un aderezo de crueldad asoma a mis labios. El sonido de mis tacones clavándose en la alfombra de ese pasillo es un claro indicio de cuál es mi actitud.

          Y entonces, de una forma tan sorprendente como inesperada, todo cambia a mí alrededor. De alguna manera percibo una transformación extraña… Todo ese pasillo, las paredes, las puertas de las habitaciones son inmensas. ¡Oh, no! No es eso lo que sucede, soy yo quién se está volviendo diminuta…. Me siento tan pequeña ahora. ¿Qué me está pasando?

          Ya he llegado a la puerta de la habitación donde él me espera, y aunque mis últimos pasos apenas rozaron la gruesa alfombra, sin dar alguna señal de mi cercana presencia, la puerta se abre desde el interior. Recupero algo de la fuerza que me invadía esta mañana; tengo claro qué es lo que voy a decir, cómo voy a entrar en esa habitación… Por supuesto, nada de eso sucede. Pablo me está mirando… No, en realidad me está escrutando. Siento cómo sus ojos recorren mi interior. Y entonces, sonríe. Y esa sonrisa acaba de un plumazo con mi fortaleza. Aquella admiración infantil que sentía por él parece ahora transformarse en… ¿En qué? Siempre tuvimos un trato de igual a igual, y ahora de pronto y a intervalos su imagen se transforma en algo superior y siento morir de devoción y adoración por él. Aunque luego todo vuelve a la normalidad. No obstante, y aunque me juré a mí misma que antes moriría que bajar la cabeza ante él, mis ojos ahora están fijos en el suelo. Aunque por poco tiempo.

          Sin saber cómo ni de dónde salió, una banda de seda negra cubre mi visión. Y la mano de Pablo me abraza la cintura. Me guía hacia el interior de la habitación. Con una suavidad y una delicadeza que ayer me parecieron impensables en él. Comienzo a temblar, mezcla de emoción aderezada con un poco de temor… Y con placer, como un anticipo de lo que me espera a continuación.

          Sobre la cama, boca abajo y apoyada en las rodillas, con los brazos extendidos hacia delante y la cabeza oculta entre ellos, estoy totalmente expuesta ante Pablo. Un fustazo en el muslo es la orden más clara que podía recibir. Debo separar las rodillas, abrirme para él. Algo en mi interior, no sé bien si rebeldía o desafío, grita diciendo que no lo haga… Imágenes aisladas, fugaces, sin ningún orden pasan por mi mente ahora. Y ese amor extraño y desconocido que sentía por Pablo desaparece, y la rabia inunda mi voluntad… “Deberías levantarte y abofetearle ahora… quién se ha creído que es para azotarte…” Noto que la fiereza de un animal salvaje brota en mi interior. Pero aunque mi voluntad es firme, mis actos no me obedecen… y una parte de mi mente observa atónita como mis rodillas se separan, dejando mi sexo húmedo a disposición de Pablo.

          Y cuando la fusta estalla ahí, aparecen el dolor y el placer entremezclados con la rabia y la ira que sentía antes, y en ese momento sí voy a reaccionar revolviéndome contra él cuando me besa entre los muslos, justo donde mi piel fue castigada, con una dulzura que jamás pude soñar que existiera. Y de esa manera, alternando azotes con caricias, Pablo fue transformando mis sensaciones y sentimientos y emociones. Y cuando acabaron los azotes, mágicas y ardientes gotas de cera líquida fueron dibujando escenas de lujuria en mi piel, y según transcurría el tiempo mis pensamientos de venganza y rabia se enfriaron como aquella voluptuosa cera… Mi mente ya volaba por dimensiones desconocidas en el momento que Pablo me penetró, sodomizándome sin piedad. Para entonces, yo sólo podía percibir y sentir como un extraño amor se había apoderado de todo mi ser. Exhaustos ambos, nos dejamos caer sobre el lecho.

          Yo miraba a Pablo, con esa luminosidad que le rodeaba y que nunca antes había visto en nadie… Y como el más brutal de los azotes, aquellos pensamientos que tuve al principio de la mañana volvieron a brotar. Me asfixiaba, mi mente no podía soportar sentir esa rabia por Pablo… Me giré hacia él, y le hablé:

          “Pablo, mi Señor (llamarle así casi me provoca un desmayo de placer)… Tengo que pedirte algo”. –Su mirada mezcla de satisfacción y curiosidad me animó a seguir-

          “He tenido unos pensamientos horribles, he hecho algo imperdonable… Pablo, me estoy ahogando, apenas puedo respirar con esta culpa en mi interior… Pablo, mi Señor, por favor te lo pido… Castígame, libérame así de este dolor…”

jueves, 8 de septiembre de 2011

Dulce y perverso vuelo...

            “Hoy tienes que volver a volar”, dice Él mientras con Su Dedo Índice le da pequeños empujoncitos en la espalda. Ni los Arcángeles en todo su Apogeo podrían transmitir tanto Amor como nota ella que la invade ahora. Pero es obstinada. Quiere quedarse en Esas Manos para siempre. Tímidamente, levanta la mirada hacia Él. Se siente atrapada en un remolino, su cuello parece no querer seguir sujetando esa cabecita. Oh… Otra vez empieza a deshacerse. Su Señor, Sabiendo lo que ella necesita, acerca Su Rostro, y cuando con Su Aliento deja toda su piel al descubierto, advierte como si lo que fuera la voz de un Espíritu errante le susurra al oído: “Hazlo, no tengas miedo, acaricia Esos Labios, impregna tus dedos de Esa Esencia, llena tus pulmones de Esa Brisa Celestial…” y ella, poseída, obedece. La Sonrisa de su Señor hace aún más patente su entrega.

            “Y ahora, Mi pequeña, volarás, lejos, muy lejos, y alto, muy alto”. Sabedor de sus temores, acaricia su tobillo, suave, dulcemente. Con tanta delicadeza que ella se siente como del más frágil cristal que pueda haber sido soplado. Y cuando Su Mano se retira, una joya brillante, con destellos parpadeantes de infinitas tonalidades rodea su tobillo. Es una anilla mágica. Destila un fino hilo de plata líquida, cuyo otro extremo nace en la palma de la Mano de su Señor. “Eres Mía. Mi pequeña. No Permitiré que te pierdas. Estás unida a Mí. Esta magia es muy poderosa. Y tu Señor la Usa ahora contigo. El hilo de plata no se romperá. Vuela.” Y mientras Dice eso, levanta Sus Manos, y la empuja fuera, elevándola, quedando a merced de las olas que soplan.

            Y vuela. Y ve a su Señor, Asomado al borde del acantilado, Sonriendo… Ya no teme perderse, el cordelito de plata está firmemente sujeto a su tobillo, pero quiere volver a Él, sentirse rodeada por Sus Brazos, Amada, Besada, Penetrada, Sodomizada, Poseída... El pensamiento de Sus Manos recorriendo su piel le provoca tal éxtasis que hace que se ponga al borde de la locura. Pero sabe que debe obedecer. Coge su pasión, y la esconde en el lugar más recóndito de su pequeño cuerpo. Cuando su Señor la quiera, Sabrá dónde está. No hay nada que pueda ella ocultarLe. Y con el salvaje instinto a buen recaudo, sigue volando.

            La brisa que sopla es fresca. Escoge una corriente de aire que va hacia el Sur, y se recuesta en ella, dejándose llevar. Mira hacia abajo, y ve una cordillera nevada, con inacabables cumbres que parecen desafiar al cielo. Y mientras sus ojos parecen querer perderse entre tanta belleza, la corriente de aire empieza a bifurcarse, y siente como una fuerza invisible sujeta sus muñecas, sus tobillos. Y esa fuerza despega los brazos, lentamente, del cuerpo, y con la misma lentitud obliga a que sus piernas se abran, dejándola totalmente expuesta. No tiene miedo alguno, está con su Señor, aún en la distancia. Una nueva corriente de aire se enrosca en su tobillo, como una serpiente. Y va reptando por su pierna. El leve roce con que la serpiente se desliza por su piel le produce escalofríos en la espalda, en el vientre, en su intimidad. Intenta mirar hacia esa angelical, y diabólica a la vez, serpiente de transparente aire, pero nada ve. Y sus sentidos perciben el aroma que desprende… Es el Olor de su Señor. Su Señor... De su amado Señor, como de otra forma no podía ser. Cierra los ojos, y se abandona al placer que Él le está proporcionando.

            Tan grande es su felicidad que hasta su alma llora de alegría. Está despierta, pero el hilo de plata sigue sujeto a su tobillo. Se incorpora, lo toma entre sus manos, lo besa. Las lágrimas que está derramando son absorbidas por el hilo. No quiere dormir. Teme que al despertar el hilo haya desaparecido. Mientras la acaricia con sus manos, la fina plata empieza a transformarse, está Creciendo. Se va pegando a su piel, formando una delgada pero firme capa que va rodeando su cuerpo. Mira el firmamento, y entre la cortina de lluvia que son sus lágrimas puede ver que está cubierto de estrellas fugaces, bailando y festejando el momento. Ya el Hilo de Plata ha Abrazado todo su cuerpo. Y se siente protegida, nunca volverá a sentir frío. Nada malo podrá sucederle. No podrá perderse. Su amado Señor, en su Infinita Bondad, le ha Concedido su deseo: Quedarse a vivir dentro de Él.

            Le amo, mi Señor. Dormiré dentro de Usted.

sábado, 6 de agosto de 2011

Perversas Delicias.


           Museo del Prado. Sala de los pintores flamencos. El Bosco. El Jardín de las Delicias. Justo enfrente de esta maravillosa obra pictórica, un banco de madera. Mi Señor, sentado. Y yo, yo de rodillas, abrazada a Sus Piernas, la cabeza ladeada y la mirada perdida en los fascinantes delirios de un gran y admirado maestro. A duras penas mi mente puede absorber las intensas sensaciones que me invaden; me abrazo con más fuerza a mi Señor, levanto la cabeza, y Él, con un gesto de Aprobación, da a entender que me Permite dejar volar mi fantasía.

            Cierro los ojos, y aún casi no soy consciente de haberlo hecho cuando mi Señor me levanta, me sitúa frente a Él, Sus Manos se posan sobre mi pecho…, y con un movimiento inusitadamente rápido me arranca toda la ropa. Levanta mis brazos, y ata mis muñecas a unas cadenas que, ahora, salen del techo. Separa mis piernas, y mis tobillos son apresados por unas argollas que acaban de nacer en el suelo. Yo no sé qué va a pasar, qué va a hacer mi Señor conmigo, sólo soy capaz de percibir la intensidad del amor que siento por Él. Estoy en Sus Manos, tranquila, segura y protegida.

            Cuando Sus Manos aprietan mis pechos, vuelvo a cerrar los ojos y me abandono por completo a las sensaciones de placer, las que siento ahora y las que ni siquiera soy capaz de imaginar que vendrán después. Mis pezones son mordidos por Él, desearía que me los arrancara de un bocado si eso Le produce Placer. Pero no lo hace. Ha dejado de tocarme, ya no Le veo. El sonido de una vara agitándose en el aire hace que vislumbre lo que va a suceder a continuación. Y sucede. Con el primer impacto en mi espalda desvío mi mirada hacia la pintura, y ahí, con cada azote en mi espalda y nalgas, empiezo a ver la Mirada de mi Señor paseando por un paraíso entre cuerpos entregados al éxtasis en posturas imposibles y entre los gestos más de sorpresa que de dolor que plasman la idea de un infierno que casi pareciera placentero.

            Cesan los azotes, y mis sentidos me advierten de una presencia en la sala. Se trata de una mujer. Por su vestimenta está claro que trabaja en el museo. Debe tratarse de una vigilante. La miro, y es hermosa. Por la forma en que camina, percibo que también puede ser perversa. Mi Señor Se dirige a ella:

"¿Te parece apetecible Mi pequeña puta?"

La mujer asiente con una mirada de lascivia. Y ante el gesto de ofrecimiento que Le hace mi Señor, la mujer se acerca a mí, noto su aliento en mi cuello. Me besa, su lengua resbala por mi piel, mis pechos, mi espalda, mis nalgas, aliviando y refrescando el calor con que los azotes la han impregnado. Las manos de ella están ahora explorando mi intimidad. Mi Señor nunca me entregó a otra mujer, y ahora, en contra de lo que yo siempre había pensado, no siento ningún rechazo, mis gestos delatan el placer que siento mirando la expresión tan Poderosa que refleja la mirada de mi Señor. La mujer ahora está agachada frente a mí, sus manos agarrándome por detrás, con su boca pegada entre mis piernas y su lengua invitándome a estallar en un orgasmo salvaje. No puedo aguantar más, me arqueo, voy a explotar con tanta fuerza que creo seré capaz de arrancar las cadenas del techo. Me deleito pensando en el frenesí que me producirá la siguiente lamida, cuando mi Señor retira, de improviso, la cabeza de la mujer. Mis ojos suplican a mi Señor que me Permita acabar. Y me habla:

                       "¿Quieres correrte? ¿Es eso? Eres una perra caliente, Mi zorrita a la que le gusta ser usada. Contesta a tu Señor, pequeña."
 
            Intento chillar, “sí, sí mi Señor, quiero correrme, quiero ser Suya”. Pero ninguna palabra sale de mi boca, por más esfuerzos que hago no soy capaz de hablar. Sólo mi mirada de súplica es una respuesta. En ese instante me doy cuenta que es Él quien va a proporcionarme tanto placer, sólo para Él, siempre para Él. Una sensación de desmayo me sube por las piernas cuando siento el primer azote que mi Señor me propina en la entrepierna. Mis carnes, la piel de mi sexo está tan hinchada, tan ávida de placer que ese azote atraviesa mi cuerpo hasta la espalda. Las Manos de mi Señor siguen azotándome, y ahora soy yo quien está paseando, totalmente extasiada, dentro del cuadro. Mi cuerpo ha reaccionado destilando humedad por entre mis piernas, y con esos jugos impregnados entre Sus Dedos es como la destreza de mi Señor acaba por llevarme a la misma dimensión con la que soñó Hieronymus Bosch, el Bosco.

            Unas manos me están ayudando a levantarme, son varias las personas que están a mí alrededor. Incluso una turista, con cara de preocupación, me abanica con fuerza, como si ese gesto fuera a devolverme la vida. Agradezco a esos desconocidos su ayuda, les tranquilizo con mis palabras, comento que habrá sido una bajada de tensión, un desmayo sin mayor importancia. El brillo de mis ojos y la franca sonrisa que muestro dejan bien patente que no ha sido eso lo que ha sucedido.