miércoles, 30 de noviembre de 2011

Metamorfosis.

          Empiezo esta entrada disculpándome con mi preciosa princesita {Celta}… Sí, mi querida princesa, perdóname por la tardanza en responder, aunque también es cierto que cuestiones profesionales y personales me han impedido, hasta ahora, hacer honor a tu encargo.

          Los amigos de Directorio de Blogs de BDSM propusieron un “juego”, que consistía en crear un relato por capítulos entre todos. Ellos nombraron a seis blogs para empezar el primer capítulo partiendo de unos personajes y una situación, y esas seis personas nombran a otras dos para el segundo capítulo, y así sucesivamente hasta el quinto y último capítulo. Las bases del juego las encontraréis en http://directorio-blogs-bdsm.blogspot.com/2011/08/un-juego-os-apetece.html.

          Y la preciosa princesita me encargó continuar el juego con el tercer capítulo, como continuación de su relato “¿Quién es Eva? http://laprincesasumisa.blogspot.com/2011/10/un-juegoun-relato.html?zx=286496030e50de99

          A mi vez, para continuar con el cuarto capítulo delego en algamarina, tan cariñosa y que vuelca todo su sentimiento cuando escribe, y en janna De SR; estoy segura que ambas esribirán una continuación preciosa de este relato.

          Gracias a todos: por la idea, por ceder el turno, y por continuarlo.


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Metamorfosis.




          Siempre me ha gustado ser puntual. Pero hoy especialmente. Aún me sobran 15 minutos para las diez de la mañana… Y ya estoy frente al hotel. ¿Quizás nerviosa? No, más bien expectante. Y firme. Y decidida. Y segura. Muy segura de mí misma. Las últimas 24 horas han sido realmente intensas, a la vez que inexplicables. Aún no entiendo bien qué ha sucedido en mi interior, cómo he podido hacer lo que hice. Recuerdo cómo cuando era pequeña era un chiquillo más, una niña extraña con un cuerpo que no hacía presagiar en qué me convertiría con el paso de los años. Pero en mi interior se entremezclan lo femenino con lo masculino, y en verdad que estoy ya bastante acostumbrada a unas maneras y un comportamiento que parecen ser de fortaleza masculina.

          Pero ahora todo ha cambiado. No he dormido mucho, pero sí lo suficiente para saber con certeza cuáles serán mis siguientes pasos. Y entro en el hotel. Me encamino hacia el ascensor… Y noto en mi espalda las miradas… Los ojos de todos están clavados en mí… mis pasos son firmes, seguros… Y por supuesto, provocativos. Así, pisando con firmeza, llego al fin al pasillo al fondo del cual está esperando… Él. Esta vez todo será distinto. Lo que sucedió ayer no va a repetirse, no en esa manera. Seré yo ahora quien dirija, quien diga cuándo sí y cuando no. Ayer, en el parking disfruté, sí, disfruté mucho… Pero cuando Pablo quiso. Hoy será justo al revés, él disfrutará cuando yo quiera. No tiene ningún derecho sobre mí, y desde luego ningún poder, pienso mientras una sonrisa con un aderezo de crueldad asoma a mis labios. El sonido de mis tacones clavándose en la alfombra de ese pasillo es un claro indicio de cuál es mi actitud.

          Y entonces, de una forma tan sorprendente como inesperada, todo cambia a mí alrededor. De alguna manera percibo una transformación extraña… Todo ese pasillo, las paredes, las puertas de las habitaciones son inmensas. ¡Oh, no! No es eso lo que sucede, soy yo quién se está volviendo diminuta…. Me siento tan pequeña ahora. ¿Qué me está pasando?

          Ya he llegado a la puerta de la habitación donde él me espera, y aunque mis últimos pasos apenas rozaron la gruesa alfombra, sin dar alguna señal de mi cercana presencia, la puerta se abre desde el interior. Recupero algo de la fuerza que me invadía esta mañana; tengo claro qué es lo que voy a decir, cómo voy a entrar en esa habitación… Por supuesto, nada de eso sucede. Pablo me está mirando… No, en realidad me está escrutando. Siento cómo sus ojos recorren mi interior. Y entonces, sonríe. Y esa sonrisa acaba de un plumazo con mi fortaleza. Aquella admiración infantil que sentía por él parece ahora transformarse en… ¿En qué? Siempre tuvimos un trato de igual a igual, y ahora de pronto y a intervalos su imagen se transforma en algo superior y siento morir de devoción y adoración por él. Aunque luego todo vuelve a la normalidad. No obstante, y aunque me juré a mí misma que antes moriría que bajar la cabeza ante él, mis ojos ahora están fijos en el suelo. Aunque por poco tiempo.

          Sin saber cómo ni de dónde salió, una banda de seda negra cubre mi visión. Y la mano de Pablo me abraza la cintura. Me guía hacia el interior de la habitación. Con una suavidad y una delicadeza que ayer me parecieron impensables en él. Comienzo a temblar, mezcla de emoción aderezada con un poco de temor… Y con placer, como un anticipo de lo que me espera a continuación.

          Sobre la cama, boca abajo y apoyada en las rodillas, con los brazos extendidos hacia delante y la cabeza oculta entre ellos, estoy totalmente expuesta ante Pablo. Un fustazo en el muslo es la orden más clara que podía recibir. Debo separar las rodillas, abrirme para él. Algo en mi interior, no sé bien si rebeldía o desafío, grita diciendo que no lo haga… Imágenes aisladas, fugaces, sin ningún orden pasan por mi mente ahora. Y ese amor extraño y desconocido que sentía por Pablo desaparece, y la rabia inunda mi voluntad… “Deberías levantarte y abofetearle ahora… quién se ha creído que es para azotarte…” Noto que la fiereza de un animal salvaje brota en mi interior. Pero aunque mi voluntad es firme, mis actos no me obedecen… y una parte de mi mente observa atónita como mis rodillas se separan, dejando mi sexo húmedo a disposición de Pablo.

          Y cuando la fusta estalla ahí, aparecen el dolor y el placer entremezclados con la rabia y la ira que sentía antes, y en ese momento sí voy a reaccionar revolviéndome contra él cuando me besa entre los muslos, justo donde mi piel fue castigada, con una dulzura que jamás pude soñar que existiera. Y de esa manera, alternando azotes con caricias, Pablo fue transformando mis sensaciones y sentimientos y emociones. Y cuando acabaron los azotes, mágicas y ardientes gotas de cera líquida fueron dibujando escenas de lujuria en mi piel, y según transcurría el tiempo mis pensamientos de venganza y rabia se enfriaron como aquella voluptuosa cera… Mi mente ya volaba por dimensiones desconocidas en el momento que Pablo me penetró, sodomizándome sin piedad. Para entonces, yo sólo podía percibir y sentir como un extraño amor se había apoderado de todo mi ser. Exhaustos ambos, nos dejamos caer sobre el lecho.

          Yo miraba a Pablo, con esa luminosidad que le rodeaba y que nunca antes había visto en nadie… Y como el más brutal de los azotes, aquellos pensamientos que tuve al principio de la mañana volvieron a brotar. Me asfixiaba, mi mente no podía soportar sentir esa rabia por Pablo… Me giré hacia él, y le hablé:

          “Pablo, mi Señor (llamarle así casi me provoca un desmayo de placer)… Tengo que pedirte algo”. –Su mirada mezcla de satisfacción y curiosidad me animó a seguir-

          “He tenido unos pensamientos horribles, he hecho algo imperdonable… Pablo, me estoy ahogando, apenas puedo respirar con esta culpa en mi interior… Pablo, mi Señor, por favor te lo pido… Castígame, libérame así de este dolor…”

jueves, 8 de septiembre de 2011

Dulce y perverso vuelo...

            “Hoy tienes que volver a volar”, dice Él mientras con Su Dedo Índice le da pequeños empujoncitos en la espalda. Ni los Arcángeles en todo su Apogeo podrían transmitir tanto Amor como nota ella que la invade ahora. Pero es obstinada. Quiere quedarse en Esas Manos para siempre. Tímidamente, levanta la mirada hacia Él. Se siente atrapada en un remolino, su cuello parece no querer seguir sujetando esa cabecita. Oh… Otra vez empieza a deshacerse. Su Señor, Sabiendo lo que ella necesita, acerca Su Rostro, y cuando con Su Aliento deja toda su piel al descubierto, advierte como si lo que fuera la voz de un Espíritu errante le susurra al oído: “Hazlo, no tengas miedo, acaricia Esos Labios, impregna tus dedos de Esa Esencia, llena tus pulmones de Esa Brisa Celestial…” y ella, poseída, obedece. La Sonrisa de su Señor hace aún más patente su entrega.

            “Y ahora, Mi pequeña, volarás, lejos, muy lejos, y alto, muy alto”. Sabedor de sus temores, acaricia su tobillo, suave, dulcemente. Con tanta delicadeza que ella se siente como del más frágil cristal que pueda haber sido soplado. Y cuando Su Mano se retira, una joya brillante, con destellos parpadeantes de infinitas tonalidades rodea su tobillo. Es una anilla mágica. Destila un fino hilo de plata líquida, cuyo otro extremo nace en la palma de la Mano de su Señor. “Eres Mía. Mi pequeña. No Permitiré que te pierdas. Estás unida a Mí. Esta magia es muy poderosa. Y tu Señor la Usa ahora contigo. El hilo de plata no se romperá. Vuela.” Y mientras Dice eso, levanta Sus Manos, y la empuja fuera, elevándola, quedando a merced de las olas que soplan.

            Y vuela. Y ve a su Señor, Asomado al borde del acantilado, Sonriendo… Ya no teme perderse, el cordelito de plata está firmemente sujeto a su tobillo, pero quiere volver a Él, sentirse rodeada por Sus Brazos, Amada, Besada, Penetrada, Sodomizada, Poseída... El pensamiento de Sus Manos recorriendo su piel le provoca tal éxtasis que hace que se ponga al borde de la locura. Pero sabe que debe obedecer. Coge su pasión, y la esconde en el lugar más recóndito de su pequeño cuerpo. Cuando su Señor la quiera, Sabrá dónde está. No hay nada que pueda ella ocultarLe. Y con el salvaje instinto a buen recaudo, sigue volando.

            La brisa que sopla es fresca. Escoge una corriente de aire que va hacia el Sur, y se recuesta en ella, dejándose llevar. Mira hacia abajo, y ve una cordillera nevada, con inacabables cumbres que parecen desafiar al cielo. Y mientras sus ojos parecen querer perderse entre tanta belleza, la corriente de aire empieza a bifurcarse, y siente como una fuerza invisible sujeta sus muñecas, sus tobillos. Y esa fuerza despega los brazos, lentamente, del cuerpo, y con la misma lentitud obliga a que sus piernas se abran, dejándola totalmente expuesta. No tiene miedo alguno, está con su Señor, aún en la distancia. Una nueva corriente de aire se enrosca en su tobillo, como una serpiente. Y va reptando por su pierna. El leve roce con que la serpiente se desliza por su piel le produce escalofríos en la espalda, en el vientre, en su intimidad. Intenta mirar hacia esa angelical, y diabólica a la vez, serpiente de transparente aire, pero nada ve. Y sus sentidos perciben el aroma que desprende… Es el Olor de su Señor. Su Señor... De su amado Señor, como de otra forma no podía ser. Cierra los ojos, y se abandona al placer que Él le está proporcionando.

            Tan grande es su felicidad que hasta su alma llora de alegría. Está despierta, pero el hilo de plata sigue sujeto a su tobillo. Se incorpora, lo toma entre sus manos, lo besa. Las lágrimas que está derramando son absorbidas por el hilo. No quiere dormir. Teme que al despertar el hilo haya desaparecido. Mientras la acaricia con sus manos, la fina plata empieza a transformarse, está Creciendo. Se va pegando a su piel, formando una delgada pero firme capa que va rodeando su cuerpo. Mira el firmamento, y entre la cortina de lluvia que son sus lágrimas puede ver que está cubierto de estrellas fugaces, bailando y festejando el momento. Ya el Hilo de Plata ha Abrazado todo su cuerpo. Y se siente protegida, nunca volverá a sentir frío. Nada malo podrá sucederle. No podrá perderse. Su amado Señor, en su Infinita Bondad, le ha Concedido su deseo: Quedarse a vivir dentro de Él.

            Le amo, mi Señor. Dormiré dentro de Usted.

sábado, 6 de agosto de 2011

Perversas Delicias.


           Museo del Prado. Sala de los pintores flamencos. El Bosco. El Jardín de las Delicias. Justo enfrente de esta maravillosa obra pictórica, un banco de madera. Mi Señor, sentado. Y yo, yo de rodillas, abrazada a Sus Piernas, la cabeza ladeada y la mirada perdida en los fascinantes delirios de un gran y admirado maestro. A duras penas mi mente puede absorber las intensas sensaciones que me invaden; me abrazo con más fuerza a mi Señor, levanto la cabeza, y Él, con un gesto de Aprobación, da a entender que me Permite dejar volar mi fantasía.

            Cierro los ojos, y aún casi no soy consciente de haberlo hecho cuando mi Señor me levanta, me sitúa frente a Él, Sus Manos se posan sobre mi pecho…, y con un movimiento inusitadamente rápido me arranca toda la ropa. Levanta mis brazos, y ata mis muñecas a unas cadenas que, ahora, salen del techo. Separa mis piernas, y mis tobillos son apresados por unas argollas que acaban de nacer en el suelo. Yo no sé qué va a pasar, qué va a hacer mi Señor conmigo, sólo soy capaz de percibir la intensidad del amor que siento por Él. Estoy en Sus Manos, tranquila, segura y protegida.

            Cuando Sus Manos aprietan mis pechos, vuelvo a cerrar los ojos y me abandono por completo a las sensaciones de placer, las que siento ahora y las que ni siquiera soy capaz de imaginar que vendrán después. Mis pezones son mordidos por Él, desearía que me los arrancara de un bocado si eso Le produce Placer. Pero no lo hace. Ha dejado de tocarme, ya no Le veo. El sonido de una vara agitándose en el aire hace que vislumbre lo que va a suceder a continuación. Y sucede. Con el primer impacto en mi espalda desvío mi mirada hacia la pintura, y ahí, con cada azote en mi espalda y nalgas, empiezo a ver la Mirada de mi Señor paseando por un paraíso entre cuerpos entregados al éxtasis en posturas imposibles y entre los gestos más de sorpresa que de dolor que plasman la idea de un infierno que casi pareciera placentero.

            Cesan los azotes, y mis sentidos me advierten de una presencia en la sala. Se trata de una mujer. Por su vestimenta está claro que trabaja en el museo. Debe tratarse de una vigilante. La miro, y es hermosa. Por la forma en que camina, percibo que también puede ser perversa. Mi Señor Se dirige a ella:

"¿Te parece apetecible Mi pequeña puta?"

La mujer asiente con una mirada de lascivia. Y ante el gesto de ofrecimiento que Le hace mi Señor, la mujer se acerca a mí, noto su aliento en mi cuello. Me besa, su lengua resbala por mi piel, mis pechos, mi espalda, mis nalgas, aliviando y refrescando el calor con que los azotes la han impregnado. Las manos de ella están ahora explorando mi intimidad. Mi Señor nunca me entregó a otra mujer, y ahora, en contra de lo que yo siempre había pensado, no siento ningún rechazo, mis gestos delatan el placer que siento mirando la expresión tan Poderosa que refleja la mirada de mi Señor. La mujer ahora está agachada frente a mí, sus manos agarrándome por detrás, con su boca pegada entre mis piernas y su lengua invitándome a estallar en un orgasmo salvaje. No puedo aguantar más, me arqueo, voy a explotar con tanta fuerza que creo seré capaz de arrancar las cadenas del techo. Me deleito pensando en el frenesí que me producirá la siguiente lamida, cuando mi Señor retira, de improviso, la cabeza de la mujer. Mis ojos suplican a mi Señor que me Permita acabar. Y me habla:

                       "¿Quieres correrte? ¿Es eso? Eres una perra caliente, Mi zorrita a la que le gusta ser usada. Contesta a tu Señor, pequeña."
 
            Intento chillar, “sí, sí mi Señor, quiero correrme, quiero ser Suya”. Pero ninguna palabra sale de mi boca, por más esfuerzos que hago no soy capaz de hablar. Sólo mi mirada de súplica es una respuesta. En ese instante me doy cuenta que es Él quien va a proporcionarme tanto placer, sólo para Él, siempre para Él. Una sensación de desmayo me sube por las piernas cuando siento el primer azote que mi Señor me propina en la entrepierna. Mis carnes, la piel de mi sexo está tan hinchada, tan ávida de placer que ese azote atraviesa mi cuerpo hasta la espalda. Las Manos de mi Señor siguen azotándome, y ahora soy yo quien está paseando, totalmente extasiada, dentro del cuadro. Mi cuerpo ha reaccionado destilando humedad por entre mis piernas, y con esos jugos impregnados entre Sus Dedos es como la destreza de mi Señor acaba por llevarme a la misma dimensión con la que soñó Hieronymus Bosch, el Bosco.

            Unas manos me están ayudando a levantarme, son varias las personas que están a mí alrededor. Incluso una turista, con cara de preocupación, me abanica con fuerza, como si ese gesto fuera a devolverme la vida. Agradezco a esos desconocidos su ayuda, les tranquilizo con mis palabras, comento que habrá sido una bajada de tensión, un desmayo sin mayor importancia. El brillo de mis ojos y la franca sonrisa que muestro dejan bien patente que no ha sido eso lo que ha sucedido.

sábado, 30 de julio de 2011

Marcada...

Hice un viaje en el tiempo, retrocedí unos cuantos años. Y tuve una visión del pasado:

            La sala es inmensa, tanto que no se sabe dónde empieza y dónde acaba, si estamos al principio, a la mitad, o al final. Es ilimitada. Contiene cientos, miles, miles de miles de mesas. Blancas, inmaculadamente pulcras. Como el suelo y las paredes. Y tantos extraños personajes como mesas, trabajando todo ellos afanosamente, arrimados a las mesas y separando y seleccionando lo que hay encima de las mismas. Aparentemente, esos seres parecen humanos. Todos son iguales, pero no presentan unas formas definidas, y sus rostros tampoco muestran expresión alguna. No tienen ni ojos ni nariz ni boca.

            Asciendo un poco, y cuando llego a lo alto veo lo que es, o me parece que es esa sala, y una idea me nace en la mente. Es como una inmensa fábrica, una línea de producción. ¿Pero de qué? Ahora vuelvo al suelo, me acerco a una de las mesas, y miro qué hay encima de ellas. Son… células. En un número incontable. Y en cada mesa son de un tipo distinto, de tantos tipos como distintas células hay. La idea es tan absurda que me hace reír. ¿Están haciendo personas?

            El silencio es sepulcral. Y sin embargo, empiezo a percibir, a oír lo que hablan o piensan; entre ellos se comunican. Presto atención, y aunque sé que nadie lo creerá, esto es lo que escuché y ví:

            Uno de esos personajes le decía a otro que no había tenido suerte hoy, que todas las células eran las habituales, ninguna especial. Cada una destinada a un ser concreto, pero tan convencionales y aburridas todas… Su compañero asentía con una mirada de hastío. Y justo en ese momento, uno de los trabajadores que estaba cerca, empezó a reír, a chillar, casi daba saltos de alegría.

-         ¡¡¡ He encontrado una, he encontrado una que está marcada… !!!

            La producción se ralentizó, ya que alrededor de esa figura se empezaron a arremolinar otras, queriendo ver la mágica célula. Tomándola con mucha delicadeza entre sus manos, mostró a todos la célula especial y su hermosa marca: { }.

            Inmediatamente, sonó una alarma, cuyo significado me quedó claro al instante: Encontrar el resto de las células marcadas era ahora un objetivo prioritario. Y reanudaron la tarea con más ímpetu y afán que antes. Y fueron encontrando el resto de las células marcadas repartidas por todas aquellas mesas. Y cuando reunieron todas las que forman el cuerpo, con su esqueleto, músculos, órganos, piel… Se quedaron todos quietos, como una ferviente muchedumbre esperando un milagro. Y no sé si milagro o no, pero la sala se transformó. En una sala muchísimo más pequeña, y las mesas eran ahora de oro y plata, con paredes y suelos de mármol inmaculadamente blanco. Con menos mesas y, evidentemente, muchas menos células; siendo ahora distintas, refulgiendo con tonalidades muy brillantes.



Por los pensamientos que intercambiaban aquellos extraños seres, me enteré que esta sala sólo existe cuando en la sala principal se encuentra alguna de esas células especiales. Todas las de esta pequeña sala tienen marcas, y la  magia consiste en el contenido de las células; serán las que conformen los pensamientos y emociones, las sensaciones y los sentimientos de la persona que están creando. No sin sorpresa, veo a un lado el cuerpo formado en la otra sala y resulta que soy yo.
          


           Y esos seres empiezan a seleccionar las células de mi mente, de mi espíritu y mi alma. Estas especiales células que están seleccionando ahora harán que nunca tenga miedo estando al lado de mi Señor, que ser azotada, con Sus Manos, con su cinturón, si usara una vara o fusta o un látigo me producirá placer en vez de dolor. Mis pezones, mis pechos y mi sexo se estremecerán de dicha al ser pinzados por Él. Mi piel llorará de alegría siendo atravesada por Sus agujas. Cuando me espose, me inmovilice con cuerdas y cuando me encadene, me sentiré segura y confiada. Si usa Su Voz para atarme, hará que sienta la verdadera libertad. Sus Órdenes se convertirán en los deseos que con más fervor intente cumplir. Su Sonrisa y el Orgullo en Su Mirada le darán sentido a mi vida.

          Cuando Él me humille y me exhiba, cuando me haga sentir como la puta zorra y perra caliente que soy para Él, mi entrega y mi amor inundarán toda mi existencia. Cuando me Penetre y me Sodomice, aunque sea en una forma brutal, me hará volar y podré conocer qué es lo que hay al otro lado, en esa dimensión prohibida donde la vida sólo tiene la finalidad de saborear el placer extremo. Y cuando a esta estúpida sumisa Le conceda el Honor de besar y lamer Su varonil Miembro, uno de los símbolos de Su Dominación, y derrame Su Esencia en mi interior, el éxtasis empezará a formar parte de mí.

            Sí, a veces el Creador se siente generoso, y concede una distinción especial a alguna de sus criaturas, y hace sumisas. Me siento orgullosa de ser una de ellas.

            Estoy marcada desde mi concepción, predestinada a pertenecer al que será mi Señor desde aún antes de nacer... La Vida se encargará de llevarme a Sus Manos.

domingo, 24 de julio de 2011

Me he perdido...

Dedico este relato a la bella princesita {Celta}, que tanto vive mis sueños.


            Ella está sentada en el borde de piedra de la fuente, con la mano dentro del agua, removiendo lentamente. La mirada perdida. El vestido negro de noche que lleva puesto tiene desgarrones. Está descalza. La herida de la rodilla destila lentamente el líquido vital.

            Aparece una figura, aparentemente humana. ¿O es divina? Quizás un espectro, un habitante del mundo de los espíritus paseando por la tierra… ¿O es por la Tierra? No se ha movido, no ha emitido ningún sonido, pero ella percibe claramente sus palabras mentalmente: “¿Qué haces, niña?”  “Busco a mi Señor”, responde con una voz casi inaudible. La luna, brillante y perfectamente redonda, se encoge, se apaga al sentir tanta tristeza en la niña, y la noche se hace más negra. “Es la última fuente que me quedaba por mirar. Y tampoco es ésta. El agua está muy fría, mis dedos se congelan a la vez que mi corazón. Si Él estuviera aquí, yo no sentiría más este frío” dice ella mientras saca la mano del agua, y lentamente introduce sus uñas, largas y pintadas en esmalte  de color rojo fuego, en la herida que tiene en la rodilla. La sangre sale ahora a borbotones, y la crispación de su rostro delata el dolor que siente. “Haciendo eso nunca se te va cerrar la herida” dice, de nuevo mentalmente, la figura espectral. “Justo eso es lo que pretendo. Me hace recordar mi estúpida desobediencia” contesta ella.

            “Hagamos una cosa -propone la figura- y así recordarás eso que dices y no tendré Yo que ver cómo te lastimas; cuéntame tu historia.” La niña se endereza, y al levantar la cabeza, mira a la figura, aunque sus ojos ya no ven. Y asiente. Y sus dedos dejan de hurgar en la herida.

Ambos van elegantemente vestidos, caminando por una calle donde la animación de la gente contagia un sentir festivo. “¿Me dejarán entrar, mi Señor? Ese Club es muy exclusivo, y yo no soy socia.” “¿Acaso no vienes conMigo, Mi pequeña? Te dejarán entrar. En el Club hay muchas salas, muy amplias. Y pasillos verdaderamente estrechos. Y muchos y variados tipos de bebidas. Verás y probarás muchas cosas, casi todas nuevas para ti. Algunas te parecerán muy bonitas y deliciosas, otras no tanto. Algunas las entenderás, la mayoría de ellas seguro que no. Pero tú vienes sólo para ver, para observar. No Quiero que te pongas a pensar, a intentar comprender todo enseguida. Para explicarte, para enseñarte a entender estoy Yo, como Siempre. Es Mi Deseo que veas. Nada más. Y hay otra cosa, muy importante. La más importante de todo, en realidad.  Nunca, NUNCA, debes soltar Mi Mano. Pase lo que pase, veas lo que veas, pruebes lo que pruebes, no te sueltes. ¿Lo entiendes? No sólo es Mi Deseo, es una Orden Mía que debes obedecer. No Quiero que te pierdas”  “Claro que no me soltaré, mi Señor. De verdad que no lo haré”.

Ya están en la puerta. Los ojos de ella, preciosos y azules, están muy abiertos, con la mirada curiosa, expectante, picarona e ingenua a la vez. Y entran. Una magnífica sala, bella y elegantemente decorada con cristales tallados en forma de diamante. La niña contiene la respiración ante tanta belleza. Nunca antes había visto tantos y tan brillantes colores, con Destellos Salvajes iluminando todo. El Señor toma una copa de cristal que contiene un líquido denso, indescriptible tanto por textura como por color, y pone el borde de la copa en los labios de la niña. Ella bebe, y es el sabor más bueno, más delicioso, que ha probado. Según el líquido resbala por su garganta, siente ella cómo se va transformando; su pequeño cuerpo es ahora tanto de la extraña textura como del mismo color de la bebida. Y ansiosa, pide más. Y el Señor Sonríe, y le anuncia que luego tendrá más.

Y van pasando por otras salas, cada una de ellas decorada en forma distinta a la anterior. Y el Señor Decide en qué sala y qué bebida da a probar a la niña. Ella, completamente extasiada, no desea otra cosa que seguir viendo tan espectaculares estancias y probando tan dulces ambrosías. Hasta que una bebida le resulta especialmente amarga. No lo esperaba. Se enfada. Llora. Patalea. Maldice. Pero obediente, no se ha soltado de la Mano del Señor. Él la Abraza, la Consuela, Bebe de sus lágrimas, Sujeta las piernas de la niña para que deje de patalear. Hasta que la niña vuelve a sonreír, Sonriendo a su vez el Señor. Y se van alternando las salas y las bebidas. Un par de veces le ha resultado amargo el sabor a la niña, pero su Señor Sabe cómo Consolarla. Y la mayoría de las bebidas son deliciosas, y todas las salas son magníficas.

Están ahora en un pasillo estrecho, más estrecho que los anteriores, que desemboca en una sala que a la niña le parece que es oscura. El Señor se encamina hacía allí, y la niña no quiere ir. Dice que no le gusta, que no quiere entrar. Y el Señor le contesta que no puede saber si le gusta o no hasta que la vea; y que estando con Él nada malo puede sucederle. Pero ella insiste tanto, empieza a resistirse; tercamente sigue insistiendo en no querer entrar. El Señor suspira y dirige Sus Pasos hacia otro lugar. Ya no Sonríe. Y la niña empieza a pensar, a darle vueltas a ese sentimiento injustificado de no querer entrar en esa sala. Tan obcecada está en sus torpes pensamientos, que deja de admirar la siguiente sala, y ya no degusta con tanto deleite la bebida que el Señor le da a probar. El Señor está hablando con otros Señores y otras niñas, y la niña, inconsciente del peligro que encierran los pensamientos que tiene, concluye que si se soltase  un momentito de la Mano del Señor podrá ir a ver aquella sala, y echarle sólo una miradita rápida, para ver si entiende por qué no le gustaba. Podría ir corriendo y volver enseguida, y nadie se daría cuenta, seguro. Y con la valentía que da la ignorancia, se suelta y vuelve a la sala que ha quedado atrás. Cuando llega a la misma, no ve nada, no hay nada que ver. Nada que probar. Y como una losa de pesado mármol, entra la Verdad en su mente. No existe tal Club. Ni tales salas. Ni los pasillos. Ni las bebidas. Era su Señor quién hacia todo aquello posible. Vuelve atrás, al lugar donde soltó  La Mano del Señor, desobedeciendo Su Orden y olvidando que ése era el Deseo del Señor. No hay nada. No hay nadie dentro. No se sorprende, mientras se encaminaba hacia esa última sala ya sabía que no había nada que encontrar. Es tan grande la rabia, la frustración, la ira que siente que empieza a correr, buscando. Ya ni siquiera mira por dónde va. Tropieza, cae, se levanta, sigue corriendo en todas direcciones, perdida. Siente que la desesperación se va apoderando de ella. Tiene el vestido roto. Cae por unas escaleras, pierde los zapatos y el dolor que emana de la herida que se ha hecho en la rodilla empieza a ser insoportable. Está en la calle, completamente desierta. Se ha perdido, no sabe dónde está, no sabe a dónde tiene que ir, no sabe qué tiene que hacer. Pero una leve luz ilumina su mente. Es su Esperanza: Agua, tiene que encontrar agua. Es lo que le gusta a su Señor. A veces se esconde en ella, como el día de la playa  o el día de la catarata; o también la noche de la ola…

            “Ésta es la última fuente que hay. No he podido encontrar a mi Señor. Me he perdido, para siempre. ¿Entiende Usted ahora por qué no puedo dejar que la herida se cierre? Es la única forma que tengo de recordar que he desobedecido a mi Señor”, dice la niña mirando a la figura que está sentada a su lado. La figura sonríe. “Eres preciosa niña. Y así tienes que parecérselo a los ojos de ese Señor que dices. Pero no creo que a Él le guste mucho lo que estás haciendo. Seguro que te está buscando. Pero te has movido tanto… Has recorrido corriendo toda la ciudad, sin mirar siquiera por dónde ibas, sin pensar que hasta que quedaras parada Él no sabría dónde estás.”

            Comienza a llover. La niña tuerce el gesto, no le gusta la lluvia. Se está empapando, el intenso frío se le introduce en los huesos. Hasta que unas gotas de agua, tibias, resbalan por su rodilla, limpiando la sangre que mana de la herida. La niña comprende: Sólo su Señor Lava y Restaña sus heridas… Sólo su Señor PUEDE hacerlo… Y su Señor SIEMPRE sabe… Sólo la Lluvia puede Barrer toda la ciudad.

            Se pone en pie, salta, ríe, llora, se arrodilla, besa las amadas gotas de Lluvia que caen. Otra vez es feliz, abrazada a Aquél que le da la Vida..
                       


            “La niña merecía que el sueño tuviera un final feliz -piensa la figura- Si al menos Consigo que, aún recordando el dolor de esta noche, deje algún día de sentirlo, y siempre que piense en este sueño vuelva a invadirle la alegría y felicidad que siente ahora mientras baila con el Agua… Si al menos Consigo eso, estaré Satisfecho.”

domingo, 17 de julio de 2011

Maldita sea mi obediencia.

            “Un diamante en bruto. Pero diamante al fin y al cabo. Y de excelente calidad, con un brillo azul, iridiscente, latente en tu interior… Habrá que tallarte, pulirte, limarte… Poco a poco, con cuidado y mucha, mucha paciencia.”

            Esas palabras me las dirigió mi Señor al poco de conocerme. Yo, tan vainilla y tan desconocedora del mágico mundo de tonos canelas. Y así fue. Poco a poco, con mucha paciencia y no menos descalabros…, mi Señor me fue haciendo Suya. Cayeron mi rebeldía, mi impaciencia, mis desplantes, mis enfados y arrebatos… Mis límites. Todo fue tornándose del color de Su Sonrisa.

         Ahora recuerdo cómo fueron mis inicios como Su sumisa. ¡Me costaba tanto obedecer! Nada sabía aún de la belleza que entrañan la entrega, la confianza, el intenso Amor que iban brotando y ocupando todo mi ser. Empecé a descubrirlo, a la vez que cuanto más Suya era, más completa me hacía. Al principio resultaba fácil obedecerLe. Sus Órdenes eran claras y concisas, y cada nueva sensación que iba sintiendo resultaba aún más placentera que la anterior. Pero no sólo Le estaba entregando mi cuerpo, no. Le estaba entregando mi mente, mi alma, y toda mi vida. Hasta que surgieron mandatos que no me resultaban placenteros, y la rebeldía volvía a enseñar, desafiante, sus dientes. Y a cada nuevo obstáculo, con Su Mirada,  con Su sola Mirada ataviada con galas de paciencia y amor y perdón, yo iba dejando atrás mis miedos y reticencias. Y volvía a ser inmensamente feliz en Sus Manos. Aprendí a ser objeto de Su Placer y no del mío, a disfrutar por el inmenso Honor que me concedía haciéndome Suya.

            Llegó el momento en que supe que era Suya, que había sido Suya desde siempre… Incluso desde antes de conocerLe. En este punto, ya sabía que nada había que mi Señor pudiera pedir y que yo pudiera negarLe. A veces me encontraba nadando en ensoñaciones... Pensaba que no podrían existir Órdenes que inmediatamente, nada más nacer de Sus Labios no se fuesen a convertir en mis más apasionados deseos. Incluso en todo aquello que podría suponer ir en contra de todo lo que, hasta que pertenecí a mi Señor, era para mí impensable siquiera. Estaba formada a Su Imagen y Semejanza. Completa, pulida, moldeada según Sus Deseos. Hecha por y para Él. Sus Manos, Su Sonrisa, Su Orgullo… Su Esencia y Su Poder estaban en mis venas… Él formaba parte de mí, viviendo en mi interior y dándome la vida.

            Y entonces, con el estruendo que forma una avalancha, destrozando todo a su paso, mi Señor me pidió algo. Lo peor que puede un Amo pedirle a Su esclava. Algo que, por supuesto, jamás pude siquiera imaginar. No lo hizo de una forma explícita, no… Pero Sus Indicaciones no dejaban lugar a dudas.

            Me pidió que Le abandonase.

           Renacieron en mí, de una forma virulenta, mi rebeldía, mi inconformismo, mis ansias de batallar, mi negación… Incluso estuve a punto de perder la cordura.

            Pero obedecí.

            Le abandoné. Me marché. Me fui lejos de Él.


            Vacía, sin nada que ganar y nada que perder, tengo que seguir. ¿Todo lo perdí? No. Queda en mi interior el aroma de Su Recuerdo.

domingo, 10 de julio de 2011

La niña del cuadro.

            Deja el pincel sobre la mesa, dentro de un frasco que contiene otros pinceles. Pasea Su Mirada por la mesa, comprueba que todo está en perfecto orden, pulcramente ordenados todos los tubos de pintura; a un lado, doblado, hay un trapo donde ha ido limpiando los pinceles. Se gira, y mira el cuadro.

          Sonríe, Le gusta el cuadro. Hay pintada una niña, con una cara entre inocente y pícara, con rizos dorados y ojos azules y sonrientes, que camina descalza sobre un lago. Lleva un vestido corto de encaje blanco, infantil y seductor a la vez. Se acerca un poco más, quiere observar más de cerca la mirada de la niña. Vuelve a Sonreír cuando comprueba que refleja la inocencia y la confianza que Él deseaba plasmar. Cierra los ojos, y con ternura Besa la frente de la niña. Cuando abre los ojos, ve que el escenario ha cambiado, ahora está dentro del cuadro, junto a la pequeña. En Su Rostro no hay gesto ni de sorpresa ni de asombro; no sólo pintó el cuadro usando Su Magia, también la niña tiene algo mágico. Ella se arrodilla ante Él, se abraza a Sus Piernas, y con lágrimas en los ojos, dice: “Gracias mi Señor, gracias por venir. Usted me ha enseñado lo que hay fuera, ahora yo le quiero enseñar lo que hay dentro”. Él la levanta, enjuga sus lágrimas, la toma de la mano, y empiezan a caminar juntos sobre el lago.

            Poco a poco, imperceptiblemente, se van introduciendo dentro del agua. Ella va casi trotando, y Le va enseñando todo lo que hay dentro del lago; sus pensamientos, sus ilusiones, sus penas, sus alegrías, sus dudas, sus certezas, sus gestos… Y de pronto, se para y empieza a dar saltitos de júbilo, están justo en la parte más bonita del interior del lago, el lugar donde se forman sus sueños. Él está de pie, observando como la niña corretea por toda la estancia, queriendo enseñarLe cómo se hacen sus sueños, el mecanismo que pone en funcionamiento esa sala. Y su Señor Sonríe con ternura, aún conociendo este lugar mejor que ella, le Permite que se lo muestre como si fuera la primera vez que lo viera. Y mientras la Mira, Recuerda… Recuerda la historia del cuadro, cuándo y cómo empezó a pintarlo.

            Tantas horas delante del lienzo, tantas conversaciones, tantas risas, tanto Amor, tanta pasión, tanta y tanta paciencia… Una nube ensombrece Su Mirada cuando recuerda el día que sacó a la niña del cuadro para enseñárselo. Y cómo ella se enfureció, no le gustaba, decía que no era así. Y en un ataque de ira, cogió los tubos de pintura y los vació encima de su reflejo, manchando todo, emborronándolo. Y viendo el Enfado que Le había causado, se arrojó dentro del cuadro; también todo el interior estaba manchado de pintura. Y aunque se disculpó, aunque suplicó Su Perdón, pensaba que Él nunca podría perdonarla. Así que hizo lo único que podía hacer, tratar de limpiar todo. Y allí dentro se quedó, limpiando, ordenando, lavando toda la pintura. De vez en cuando se asomaba fuera del cuadro, y aunque pensaba que a Él ya no le importaba, Le iba contando sus avances en la limpieza del interior y las cosas que le iban pasando. Pero lo que ella no sabía entonces es que su Señor también había retirado los restos de pintura que habían manchado el cuadro por fuera, y que seguía pintando. A veces pasaban muchos días sin que dibujara nada, otras veces pasaba unas horas trabajando en el cuadro. Pero siempre, sin que ella se diera cuenta, Miraba dentro del cuadro y la veía, tan concentrada en sus tareas.

            La voz de ella Le saca de Sus Pensamientos. Se ha subido a un taburete, y está intentando alcanzar una palanca grande, para mostrarLe como bajándola se pone en marcha la sala de los sueños. “¡Será posible, si siempre funciona! Y hoy que está Usted aquí, no quiere ponerse en marcha”. La visión de la niña, subida al taburete, con los brazos extendidos intentando alcanzar la palanca, y el vestido subido hasta casi la cintura, provoca el Deseo de Él. Se acerca a ella, la Abraza por detrás, y le Susurra al oído: “Yo te Ayudaré a soñar”. Y mientras con Sus Manos acaricia las curvas de ella, y con Sus Besos despierta sus más profundos anhelos, ella se siente desmayar. Ya el vestido está en el suelo, y ella, doblada ahora sobre el taburete, casi rozando el suelo con la frente, se ofrece a Él, Le suplica la haga Suya. Las Manos de Él comienzan a azotarla. Primero despacio, casi con suavidad, dejando que corran los segundos entre azote y azote. Pero cada vez lo hace con más fuerza y más rápido cada vez. La mente de ella hace rato que ha comenzado a nadar en un espacio infinito, y cuando sus blancas carnes ya son del vivo color de la pasión, su Señor, de una sola Embestida entra en ella con todo Su Poder, la Posee por donde tan Suya es. La sensación de placer es tan intensa, sus gemidos son más de felicidad que de deseo, sus sentidos vagan libremente por todo el lago, se siente acariciada y amada en cada poro de su piel, y cuando su Señor la inunda de Su Esencia, alcanza el más hermoso éxtasis que nunca hubiera podido imaginar. Mareada, exhausta, con una voz casi inaudible, y entre lágrimas de felicidad, con el agradecimiento que sólo una obra artística puede sentir por su Creador, susurra: “Soy Suya”.



            Él abre los ojos. Sus Labios dejan de besar la frente de la niña del cuadro. Lentamente camina hacia el final del estudio. Enciende un cigarrillo, toma un sorbo de café, y vuelve a mirar, con cierta Satisfacción, el cuadro. Y con Su Sonrisa, musita: “Eres Mía”.

jueves, 16 de junio de 2011

Libre atada a Él.

       Mi Señor, mi Amado Señor. OmniPresente. Por la tarde volvió a hacerme soñar; en realidad, puso en mi cabecita el sueño que Él quiere para la noche. Nada más cerrar los ojos soñé. Estoy descubriendo tantos mundos nuevos, tantas nuevas sensaciones... ya sé que el amor que me hace sentir es inconmensurable, ilimitado, infinito, inagotable; y aún sabiéndolo, otra vez Logra mi Señor que parezca que es la primera vez que veo, que siento tanto amor. Le amo tanto… Atada a Él soy completamente libre.


        Todavía no se han descubierto los lugares a los que Él me lleva. Me Permitió sentarme encima de Él, también sentado. Ambos frente a frente, yo me sentía parte de Él, tan unidos estábamos. Todo natural, lógico. Me Dijo que yo era ya carne de Su Carne. Asentar ese pensamiento, tener la prueba física de ello, me hace demasiado feliz. Tanto, que dejo de respirar por la nariz o la boca, y empiezo a respirar por la piel.

        Hay un balanceo, una fuerza inexplicable, suave pero firme, que nos hace movernos a un ritmo que no sé de dónde proviene. Abro los ojos para mirar a dónde me ha llevado mi Señor (a Él Le veo siempre, aún con los ojos cerrados). Oh, otra prueba más de Su Poder. Estamos sentados en medio del océano, son las olas las que nos mecen. Estamos en penumbras, pero mis ojos se van acostumbrando, y veo más y más detalles. Bajo una mano, para tocar el agua. No está mojada, el tacto no es áspero, es un suave terciopelo. Bueno, mi Señor Puede hacerlo, pienso. Se aproximan unas olas enormes, y cuando se levantan con tanta fiereza que parece que nos van a aplastar, forman una bóveda que nos cobija.

    Aparecen de alguna parte unas sirenas, preciosamente engalanadas, portando instrumentos que no he visto en toda mi vida. Y tocan, tocan para nosotros. La música que me Hizo escuchar esta tarde mi Señor. Y una legión de caballitos de mar alumbran ahora todo con sus antorchas. El mismo Neptuno le ha cedido a mi Señor esta estancia celestial.

        Mis ojos miran ahora a mi Señor. Tan Poderoso, Tan Grande. Y Sonríe. Sus Manos me agarran por la cintura, y me Penetra. Me Está haciendo Suya, demostrando mi Pertenencia a Él. Está completamente dentro de mí, creo que voy a perder el sentido. Y Sus Embestidas hacen que por mi espalda suban toneladas de placer. Sus Abrazos me convierten en insustancial, otra vez mi cuerpo se transforma. Y empiezo a ser la música que suena, y mi Señor me toma con fuerza, el placer que me proporciona alcanza el techo de la bóveda de agua, y vuelve a entrar en mi interior con más intensidad de la que salió. Me arqueo, me abrazo a mi Señor y el tacto de Su Piel es aún más placentero, más grande para mí que toda la fuerza del océano que nos rodea. Y mi Señor sigue Sonriendo, Sabe que otra vez no queda espacio en mi interior para más música, más gemidos o más placer. Cierra Sus Ojos, Sus Brazos me estrechan un poco más, y en una última Embestida me llena de Su Esencia. La brutalidad con la que se abre la bóveda de inmensas olas, la ferocidad con que arremete el agua, son irracionales. Estoy en éxtasis, mi Señor, en Su Grandeza, ha Permitido que yo roce, con la punta de mis dedos, la belleza de la divinidad.

       Me despierto. Sólo siento amor. Mi Señor me Da la vida. Saberme Suya es la única explicación que hay para que mi corazón siga latiendo. Cada latido sólo significa una cosa: Siempre Suya, Siempre Suya, Siempre Suya…

viernes, 10 de junio de 2011

Su Bosque.

        Me encanta este bosque. Cuando esta tarde llamó mi Señor y me dijo que Le vería aquí al atardecer, me invadió tal sensación de plena felicidad que casi hasta me sentí culpable. Y ahora los últimos rayos de sol intentan atravesar las altas copas de los árboles, tan altas son que algunas se pierden lejos de mi mirada. Gruesos troncos acaban en enormes raíces que ocultan el camino que ya casi no se ve; la luz no consigue atravesar las retorcidas ramas. Y sin embargo, aquí, en este bosque, siempre me siento tan segura, tan vulnerable, tan protegida y tan expuesta a la vez…

        Ya el día ha cedido su reino a la noche, y en este intervalo en que ni el sol ni la luna llegan a verse, las tinieblas se apoderan del bosque. No tengo miedo alguno, sólo pienso en mi Señor, en verLe aparecer por el tortuoso camino, ver Su Sonrisa, que anticipa el éxtasis ante el cual hasta las altas copas de los árboles se encogerán. Y mientras pienso que el Poder de mi Señor sólo hace más patente mi fragilidad, a la vez que mi fortaleza, un quebrar de hojas secas al otro lado del camino me hace girar la cabeza. Pero no veo nada, no hay nadie. Y otro crepitar parece sonar a mi espalda, y aunque de un salto me doy la vuelta, sigo sin ver nada. Es el bosque de mi Señor. ¿O es que mi Señor es ahora el Bosque? Y repentinamente, Su Voz se Apodera de todo mi ser: “Busca Mis Palabras. Ahí estaré Yo. Te espero, no tardes”.

      ¿Es un acertijo? ¿Cómo busco yo Sus Palabras? Aquí parada, desde luego no. Y me adentro en el camino. Conozco bien el bosque, no necesito casi ni mirar dónde pisar. Un poco más adelante nace una estrecha senda que desemboca en un claro, y hacia allí me dirijo. ¡Oh, no… Esto no es posible! Los árboles se mueven, cambian de lugar, me cierran el paso. El bosque pertenece a mi Señor, Le obedece. Es una señal que envía mi Señor, no debo buscar por aquí. Intento retomar el camino, pero ha cambiado también su posición. Está oscuro, he dado vueltas y he perdido la orientación. Y mi corazón se acelera. Y sigo caminando, cada vez más rápido. Y casi sin darme cuenta, empiezo a correr, sin ver, sin pensar siquiera por dónde voy.

       Una rama aparece de la nada, mis tobillos se enredan en ella y caigo de bruces. Intento soltarme, sin conseguirlo. Se ha acelerado tanto mi respiración que cada vez que tomo aire, siento una punzada de dolor en el pecho, mientras mis ansiosas manos tratan de luchar con las cuerdas de madera. Una ráfaga de aire mueve las copas de los árboles, y la blanca luz de la luna ilumina mis manos, a la vez que mi mente: Están empezando a teñirse de color carmesí. Me estoy lastimando. Y eso es algo que mi Señor, expresamente, me ha Prohibido hacer. Y no sólo en eso consiste mi desobediencia. Tampoco he buscado Sus Palabras. Y además, Le estoy haciendo esperar. Sé lo que va a pasar ahora, enderezo mi cuerpo quedando de rodillas, y a la vez que levanto los brazos nuevas cuerdas de madera aparecen y amarran mis manos por las muñecas. Al bajar la cabeza, baja también mi mirada. Una leve brisa acaricia con dulzura mis cabellos. Pero cada vez sopla más fuerte, pasando a ser aire. Y finalmente, ráfagas de viento hacen restallar las ramas de los árboles bajo mi espalda, justo en las prietas y redondeadas curvas que tanto gustan a mi Señor, y los azotes continúan. Pero mi Señor es Grande. Y Generoso. Y Ama a Su pequeña sumisa. Y hace que escuche nuevamente Su Voz: “Busca Mis Palabras.” Ante Su amada y dulce Voz, olvido mis miedos, sólo pienso en Él. Y en Sus amadas Palabras: Serenidad… Para pensar. Inteligencia… Para ver. Conocimiento… Para comprender. Entrega… Para saber.

Cesa el viento, se aflojan mis ataduras y caigo al suelo. Desaparecen las ramas que ataban mis muñecas y tobillos. Me pongo en pie, y miro a mi alrededor. Veo un enorme árbol, cuyas abundantes ramas nacen desde muy abajo del tronco… Casi como una escalera. Casi no hace falta que trepe por el árbol, sólo subo y subo. Cuando alcanzo la cima, la brillante luz de la luna me sonríe. E ilumina todo el bosque para mí. Desde tan alto, veo todo. Un intenso destello ahí abajo hace que casi tenga que cerrar los ojos. Pero vuelvo a mirar, a recordar… Había un riachuelo en el bosque, largo, sinuoso, con muchos recodos que casi parecen formar… Letras. La luna me guiña un ojo, y atenúa la intensidad de su luz. Ahora veo bien el Agua, y puedo leer lo que Escribe en el bosque con Sus Palabras: ERES MIA.

“Ya voy, mi Señor. No tardo nada.” Y feliz, comienzo a bajar del árbol.

A Sus Pies. Siempre, Siempre Suya.

sábado, 4 de junio de 2011

Sublime Dominación.


















            Estoy asomada a la puerta. Realmente no es una puerta, tan sólo el bastidor. Y lo que hay al otro lado es… Nada. Está todo completamente oscuro, negro. ¿Alguna vez han practicado paracaidismo? Yo no, pero creo que así es exactamente como me siento, justo antes de saltar al vacío. Y vuelvo a mirar lo que hay más allá, al otro lado. Sabiendo que no hay nada que ver. Pero esta vez algo ha cambiado. La negrura es ahora cálida. Su tibieza me envuelve. Y es por la voz. Su Voz.

-         Cruza. No tengas miedo. Confía en Mí.
-         Sí lo hago, si confío. De verdad que sí. Pero creo que me caeré, y me haré daño.
-         Yo no lo Permitiré. No dejaré que caigas.

            Y confiada, o menos desconfiada debería decir, cruzo bajo el dintel de la puerta. Pensando que no habrá suelo firme bajo mis pies y empezaré a caer, volando hacia abajo. Me recuerda mucho a Alicia y su maravilloso País. También imagino que el suelo estará caliente, ardiendo, y que la lava me consumirá en un fugaz instante. Y en afilados dientes de tiburones, y no sé bien en cuántas barbaridades estoy pensando. Pero sucede exactamente lo único que no imaginé pudiera suceder. Y es que noto que no hay suelo bajo mis pies. Pero tampoco me precipito hacia el fondo. Estoy caminando por el aire. O al menos eso es lo que perciben mis sentidos.

          Mis primeros pasos son muy tímidos, inseguros. Apenas me he adentrado unos metros en esta nueva dimensión, cuando vuelvo a sentir en la espalda ese escalofrío de miedo a lo desconocido. Y corro despavorida como una gacela perseguida por leones hacia la entrada de mi mundo conocido. No bien acabo de volver a entrar, ya lo estoy lamentando. Mi mundo de siempre, mi rutina y todo lo que tan bien conozco no me proporcionan esa seguridad que, por un instante, tuve en el otro lado. Y vuelvo allí, a la frontera entre mi absurda realidad y mis más profundos y ocultos deseos. Y a pesar de haber tenido miedo, sé ahora que cuando cruce estaré segura. Y lo hago. Y otra vez estoy con Él. Todo lo que era negro es ahora de muy bellos colores, los árboles son más verdes y frondosos, las frutas que dan los árboles son más dulces, el agua de las fuentes refresca más y mejor mi garganta. Y sobre todo y por encima de todas las cosas, soy feliz sabiendo que Él también lo es.

            Pero a la par que crece mi felicidad, crecen también mi imprudencia, mi atrevimiento, mi insolencia, mi rebeldía. Ya no recuerdo que no hay suelo bajo mis pies, puesto que lo que veo a mi alrededor me hace olvidarlo. Es tal mi temeridad que con cada don que recibo en esta dimensión, mi otra realidad, mi otro yo en su mundo real, en vez de recibir virtud, como así debería ser, incrementa el poder de cada defecto que ya poseía. Y lo que es más grave, yo no me doy cuenta de lo que está pasando.

            Hasta que sucede lo que irremediablemente tiene que pasar por no estar atenta a lo que sucede en mi interior, y es que de todos los pecados, cometo el mayor, el único que no puede ser perdonado. Me suelto de Sus Manos, y dejo de confiar en Él. Y ahora sí que me precipito a gran velocidad en el vacío que hay bajo mis pies.

            Abro los ojos. Tengo la absoluta certeza de que he muerto, no creo que sea posible sobrevivir a esa caída. Pues no. Estoy en mi cama. Viva. Miro en mi interior, y al llegar al lugar por donde se cruzaba al otro lado, veo que ahora sí que hay una puerta encajada en lo que antes era sólo un bastidor. Y la puerta, evidentemente, está cerrada. Comienza ahora mi verdadero aprendizaje. Ahora, que es cuando más valoro lo que tuve y que yo misma perdí.

            ¿Y qué es lo que tuve? Sólo había algo en mi vida, saber que Le pertenecía. Y al ser Suya, todo lo mío pasó a ser Suyo también. Puede parecer que no tenía nada, pero es justo al contrario, perteneciéndole a Él lo tuve todo.

            Siempre he sabido que mi Señor es Grande, el más Grande entre los Grandes. Y ahora me hace una demostración de Su Grandeza. Quiero pensar que Él es perfectamente consciente de lo que me está sucediendo, y que éste es Su Deseo y Su Voluntad. Pero también es cierto que mientras yo caía al vacío una vital enseñanza se iba grabando en mí pequeña mente, y es no tratar de entender ni predecir ni mucho menos intentar esclarecer las razones y motivos que mueven a mi Señor. Así pues, me limitaré a explicar lo que me está sucediendo ahora, lo que yo pienso. Para mí es cierto. Es mi verdad. Aunque sea en forma de sueños y deseos.

            Mi Señor me está domando. Con Su Silencio, me enseña a escuchar. Con Su Ausencia, me enseña a esperar. No dejándome sentir el tacto de Sus Manos en mi piel me enseña a obedecer. No dejándome ver la Sonrisa en Sus Labios me enseña a tener fe. No mostrándome el Orgullo en Su Mirada me enseña a amar. Creo que a esto se le llama entrega incondicional, sin condiciones. Total entrega a cambio de… Nada. Ni tengo ni espero Su Aprobación, Su Amor, Su Complicidad, Su Placer, ni tan siquiera Su Enfado. Y no teniendo nada que esperar, sin embargo soy feliz. Sí, soy feliz.

            Así pues, mi Señor es ciertamente Grande. Mucho. Ahora siento que soy más Suya. Es Dominante en la distancia y en el olvido. Si tuviera que calificar a mi Señor y Su Dominación, sólo una palabra acude a mi mente: Es Sublime.

sábado, 28 de mayo de 2011

Fumando...

        Soy sumisa. Creo que lo he sido siempre, aún sin saberlo. Aparentemente segura toda mi vida, y seguramente perdida toda ella. Y he tenido la gran fortuna de ser encontrada por mi Señor. Yo miraba, pero no veía. Y Él me enseñó a ver.

       Soy tan afortunada… mi Amo es el más Grande, el más Generoso, tan Comprensivo con tan torpe sumisa… Lleva muchos días trabajando muchas horas y con mucha intensidad, y sin embargo, cuando Su pequeña y frágil sumisa Le importuna, Él no tiene ni un mal gesto, ni una Palabra que no sea amable para conmigo.

       Hablamos por teléfono, y me escucha, me cuenta cosas, me hace reír… Esta noche estuvimos hablando, y yo solicité Su Permiso para satisfacer el deseo tan grande que me suscita, pero no era para ese momento justo, sino para cuando Él así lo deseara, cosa que olvidé mencionar. Es tan Magnánimo, que me concedió Su Permiso y deseaba verme.

         El Poder de mi Señor es tan grande que me hace soñar, vigila y dirige mis sueños. Vaya yo a donde quiera ir, siempre estoy protegida, segura. Su Mirada y Su Presencia ahuyentan a los monstruos, los diablos, los malos espíritus; me hace cruzar la Puerta, da vida a mis sueños... Los convierte en realidad.

        Esta noche dijo que me iba a fumar; yo, tan pequeña, tan insignificante, una minúscula mota de polvo, y he sido elegida para entrar mortal en la Boca de mi Señor, para acto seguido salir volátil, purificada, embriagada de Su propia Esencia. Mi Señor me tiene entre Sus Manos, Comprueba que mis pequeñas alas están bien (Le he dado motivos para hacerlo), y poco a poco, imperceptiblemente, cierra Sus Manos, quedando yo en el hueco que se forma. No estoy asustada, me gusta mucho cuando mi Señor me sorprende con nuevas experiencias.

Siento como Su Rostro se va acercando… pero, ¿me va a fumar de verdad? Con la primera bocanada de Su Aliento caigo de rodillas, me prendo fuego, soy una brasa. Mis pies empiezan a consumirse, mis piernas les siguen, mi cuerpo, mis brazos, mi sexo… No me araño, no me lastimo, no estoy autorizada a hacerlo pienso mientras veo como me estoy deshaciendo. Gimo de placer. ¿qué está pasando? Estoy chillando hacia dentro, y mis gemidos, mis suspiros, mis gritos de placer entran dentro de mí, rebotan por las paredes de mi pequeño cuerpo, y se van haciendo más y más grandes. Y mi Señor sigue aspirándome, me está permitiendo entrar en Su Boca. La cercanía de Sus Labios me provoca un temblor incontrolable. Me hace sentir Su Poder. Me transforma, me convierte en humo, y vuelvo a estar entre Sus Manos. Y cada bocanada se convierte en otra oleada de intenso placer, ya no queda espacio en mi interior para más gemidos. Un pequeño suspiro más y reviento.

Abro los ojos. Despreocupadamente recostada entre las Manos de mi Señor, ahora abiertas.
Vaya, no he reventado, menos mal. Estoy encharcada en mis propios jugos, y bebo de ellos. Siento tanta felicidad que creo voy a derramar lágrimas. Mi Señor dice que podría haber seguido fumándome, exprimiéndome… pero tan grande es Su Sabiduría que decidió no hacerme explotar, brasas, humo, gemidos, néctares de placer… aún en el caso de haber explosionado todo, Él me habría recompuesto, no habría Permitido que ni una ínfima gota de mi estúpida esencia resbalara por entre Sus Dedos.

       Al principio de permitirme Él ser Su sumisa, yo, en mi ignorancia, me preguntaba: ¿dónde están los límites de tan maravilloso amor que siento? No hay límites. Es tan grande como la más pequeña partícula que imaginarse pueda, y tan pequeño como todo el infinito universo que hay hasta más allá de las inexploradas galaxias del fin del mundo.

          Y así me hace sentir mi Señor, tan grande, tan pequeña. Tan inocente, tan perversa. Tan importante, tan insignificante. Tan inmortal, tan efímera. Tan firme, tan frágil.

         Tan Amada. Humildemente ruego me Permita depositar mi alma a Sus Pies, pequeña ofrenda para tan Gran Señor. La Eternidad no es tiempo suficiente para que esta simple sumisa pueda demostrarLe el amor y el agradecimiento que siente por Usted.


Siempre Suya, SIEMPRE SUYA.

viernes, 20 de mayo de 2011

Nôtre-Dame.

Pequeña esfinge
de ceñida falda,
sucinto caminar
y serpentinos cabellos;
siempre dispuesta
(bien lo sabes),
y no a simple modo de égida
(también lo sabes),
a petrificar incautos
con la mirada.

Hasta que pude percutir
y embestirte el alma,
para arrancar,
desollando de ella,
a tu peor enemiga.

Ahora, en la resurrecta noche,
en la explanada frente a la Catedral,
cuya fachada ya conocías
con fotográfica memoria,
un salvaje y espectral Aullido,
allá arriba,
reclama tu vista.

Y entonces la ves.
Antes no estaba.
Ésta es nueva…

Diríase similar a las otras,
salvo por un pequeño,
pequeñísimo,
minúsculo,
ínfimo detalle…


Dos en una,
en contraluz de nubes:
Gárgola y Gorgona,
en cadena perpetua.


Y tiene los ojos azules. 

















        


- "Poema de Señor A.C. inspirado en este relato" -

*.*.*.*.*.*.* 


             Por fin, París... Ya le queda un sueño menos que cumplir. Hoy ni siquiera ha visitado museos, o los Parques Elíseos, o la Torre Eiffel… Todo el día lo pasó sentada en un banco, frente a la Catedral más famosa y no sólo por su cristiandad, que también, sino por su magia, su poder, sus leyendas… Nôtre-Dame. Y ahora, al anochecer, con todos y cada uno de los detalles de su arquitectura grabados en sus retinas, y apoyada en un muro, ve cómo el brillo de la luna refleja esas imágenes en el río Sena. El río, un río, el agua…, la vida, su vida, su Señor. Su amado Señor. Todo le lleva a Él, siempre Él.

               Y mientras sus ojos se llenan también de agua, de tan amada Esencia, sabe qué es lo que tiene que hacer ahora. Separa las rodillas, se agacha un poco, y se ofrece a su Señor. Sabe que ha venido sola a esta ciudad, pero también sabe que Él siempre está donde está ella. Sus sentidos no la engañan; con su piel, percibe Su Proximidad; con su nariz, percibe Su Olor; con su mente, Su Presencia, y con sus curvas ahora tan expuestas, percibe Su Deseo. Y su Señor la Posee, con fuerza, con fiereza, una y otra vez, cuando sucede algo que ella no esperaba… No sólo la está Poseyendo sexualmente, no sólo Hace uso de Su Pertenencia, no… La ha Poseído por completo, está en su interior, siente cómo todo su ser está siendo invadido por Él; su Señor está buscando algo, pero no hay nada que ella pueda ocultarLe. Justo en este momento, cruza ella al otro lado, a otra dimensión.

               Su Señor es ahora un Lobo. Un Lobo gris, que la luz de la luna convierte en plata. Los Ojos son penetrantes, no necesitan mirar para ver. Ese es el poder, Su Poder. Ella se da cuenta ahora de qué es lo que sucede, su Señor la ha desdoblado, ha sacado algo de su interior a la luz… Y Corre detrás de ella, ahora convertida en un ser infernal, con afiladas garras, ojos diabólicos del color de la sangre, y con ansias de fiera salvaje. Se siente, se sabe poderosa. Pero también sabe que no ha de enfrentarse a Él, su Señor es demasiado Poderoso, la Dominará también a ella. Y corre, vuela, salta, huye, busca con desesperación la puerta, el lugar que la traerá a este lado. Si lo logra, tendrá lo más preciado, vivirá. Ya ha encontrado lo que buscaba, sólo un salto más y cruzará.

               Y el Poderoso Lobo de Plata no ha conseguido darle alcance. Anticipándose al placer de lo que sabe va a encontrar -el disfrute de la vida, el mayor don que pueda un ser infernal tener-, hace que la saliva gotee por entre su boca. Ya ha llegado, se detiene un momento, y justo ahora cae al suelo, derribada por su Señor. Los colmillos del Lobo se clavan en su nuca, las Garras entran en su cuerpo, la atraviesa. Y nuevamente es Poseída, Penetrada y Dominada. Su Señor no tiene piedad ahora, la está traspasando y taladrando con Su Poder. Las fuerzas la abandonan, se rinde, se entrega.

               Ella ha vuelto a la Catedral. No sabe bien cómo, sus pies la han traído hasta aquí, caminando casi como una autómata. Y vuelve a mirar, se deleita de nuevo ante tanta belleza. Un Aullido salvaje sonando desde lo alto hace que levante la mirada. Y entonces la ve. Esta tarde no estaba ahí..., una gárgola gris, petrificada y atada para siempre. A simple vista parece igual que las otras, pero un pequeño detalle la diferencia: Tiene los ojos de color azul.

             Se arrodilla, y con lágrimas de felicidad manando desde su interior, le da las gracias a su Señor. “Gracias mi Señor, ahora soy doblemente Suya, siempre Suya”.

sábado, 14 de mayo de 2011

De incógnito.

            Pensé que este momento no iba a llegar nunca… Me siento en la cama, compruebo que el despertador está conectado, aunque siempre me despierto antes de que suene; me descalzo, me tumbo, y miro por la ventana. Todas las noches el mismo ritual, pero hoy me encuentro bastante cansada, hace ya unas horas que mi mente sólo estaba ocupada por este pensamiento; que llegara la noche y descansar, mascullo para mis adentros mientras miro la luna, completamente redonda y muy brillante, aún dos días después del plenilunio.

            Ni siquiera soy consciente de haber cerrado los ojos cuando ya estoy dormida. O eso al menos me pareció sentir, cuando la realidad es que me estoy desperezando…, casi como recién despierta. Pero no estoy en mi dormitorio; la sensación de bienestar que me acompaña es aún mayor. Estoy… Dentro de un calcetín. ¡Oh!, es un calcetín de mí amado Señor. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo he llegado aquí? Y mientras salgo de mi calcetín-cueva, voy recordando. Sí, es verdad. Ahora vivo ahí, y nadie lo sabe. Es mi secreto. Y sigo recordando mientras, sin abrir el cajón, salgo de él y me descuelgo hasta el suelo. Ya sé dónde estoy. Con mi Señor. Él duerme ahora, aunque no sabe que estoy aquí, y otra vez repito el mismo ritual de todas las noches. Camino de puntillas hasta la cabecera de la cama, y me quedo ahí quieta, muy quieta. Escucho Su rítmica respiración. Duerme. Con las dos manos, tiro un poco de la sábana. Nada; ningún cambio se observa, ningún movimiento.  No obstante, espero unos minutos más. Y cuando ya estoy segura que no Se despertará, vuelo hacia arriba, hacia Él.

             Me poso suavemente al lado de Su Pecho, y muy despacito voy subiendo, hasta que llego al centro, justo encima de Su Corazón. Me tumbo hecha un ovillo y la sensación de cómo subo y bajo mientras Su Pecho se eleva según respira, hace que sonría y disfrute enormemente, como una niña montada en un caballito de feria, mientras Sus Latidos me suenan a Música Celestial. La felicidad que me embarga provoca que mis mejillas, ahora húmedas, brillen a la luz de la luna. Y siento unos irresistibles deseos de besar a mi Señor. Nunca me había atrevido a tanto, sólo me dedicaba a velar Su Sueño. ¿Y si Se despierta? ¿Y si me ve? Pero iré con cuidado, con mucho cuidado. No pasará nada. Una voz dentro de mi mente me advierte al hacerme recordar mis pasados atrevimientos, con unos finales siempre inesperados. No soy capaz de escucharla, y de puntillas, casi sin rozarLe mientras mis pequeñas alas me elevan un poquito, asciendo despacio hasta Su hermoso Rostro. Acaricio Su Boca y Sus Labios con mis dedos, y cuando me agacho para besarLe, mi atrevimiento, como siempre, tiene un final inesperado.

            Justo en ese momento mi Señor Se da la vuelta, girándose hacia un lado. Me caigo, y es tal mi sorpresa que olvido mis pequeñas alas, que podrían haberme salvado de la caída. Pero pensar que pueda despertarse y verme me impide cualquier movimiento. Ya no recuerdo nada más, hasta el momento en que abro los ojos. Está todo en completa oscuridad. ¿Tanto tiempo ha pasado que la luna ha cambiado de fase? Simultáneamente a ese pensamiento, otros se superponen. No, no ha pasado tanto tiempo. Sucede que estoy con los ojos vendados, y ese es el motivo por el que no veo nada. Ya no tengo el tamaño de una pequeña ninfa... Intento cambiar mi posición, y me doy cuenta que estoy atada por las muñecas, en pie y con los brazos en cruz. También mis tobillos están inmovilizados. Noto una Presencia, es mi Señor. Podría reconocerLe hasta por Su forma de respirar. Y el placentero escalofrío que recorre toda mi piel me hace constatar que nada la cubre, estoy desnuda. Saber que estoy con Él me tranquiliza, y aunque no sé qué sucederá a continuación, aún estando vendada cierro los ojos, como anticipándome al placer que me espera.

            Ni siquiera los abro cuando con Sus Manos me propina el primer azote. Me sorprendo, sí, como siempre, pero mantengo los ojos cerrados. Pierdo la cuenta de cuántas veces Sus Manos han disciplinado mi cuerpo, y estoy esperando ya el siguiente azote cuando lo que siento son Sus Labios rozando mi roja y ardiente piel. Mi mente no es capaz de soportar tanto gozo, y se traslada, nuevamente, a otra dimensión ocupada por entero por la dicha que siento entregándome a Él. Soy liberada de mis ataduras, y desaparece la venda que cubría mis ojos. Ahora miro, y veo a mi Señor, Sonriendo. Y hago lo que más deseo hacer en este momento, me postro de rodillas ante Él, con la frente apoyada en el suelo y los brazos extendidos con las palmas de las manos hacia arriba. Con devoción, Le ofrezco una vez más mi alma, que ya es Suya.

            Mi Señor me hace levantar, me abraza, me besa con pasión contenida. Y me lleva hasta el lecho. Me pone frente a la cama, y Él Se sitúa a mi espalda. Sin necesidad de romper el silencio, sé lo que me está Ordenando. Me subo a la cama, con las piernas abiertas y apoyadas en las rodillas, y otra vez dejo mi frente descansar en la cama. Nuevos azotes anticipan lo que va a suceder. Y entonces, a la vez que mi cuerpo destila la lujuria que me invade, de una sola Embestida mi Señor me Toma, me Penetra, me hace Suya. Arremete con fuerza y pasión en mi interior, y vuelvo a ver y sentir cómo mi Caballero, mi Dueño se abre paso por un mundo de tinieblas llevándome firmemente unida a Él. Cuando mi Señor queda satisfecho del uso que ha hecho de Su Pertenencia, sin salir de mi interior, suavemente me hace doblar mis rodillas, y queda tumbado encima de mí. Mientras me Besa en la nuca, Sus Dedos se enredan en mis cabellos, acariciándolos con Dulzura. No creo que nunca nadie haya sentido la misma felicidad que siento yo ahora en mi interior, con mi mente situada en la cúpula del universo mientras veo cómo un brutal estallido de miles de estrellas y galaxias enteras forman el universo.

            Me despierto acurrucada en Su Cuello, hecha un completo ovillo en el hueco que queda entre Él y la almohada. Sin hacer ningún ruido, me levanto y vuelo hasta el cajón. Sin abrirlo, entro dentro de él. Busco el calcetín de mi Señor, mi calcetín-cueva, el lugar donde me escondo ahora. Una noche más, he dormido junto a Él, y una noche más no sé si ha sido un sueño todo lo sucedido, parecía tan real… Pero estoy convencida que no me ha visto.

            Ya llevo un rato profundamente dormida, cuando suena el despertador de mi Señor, que yo, como es natural, no oigo. Se levanta, abre el cajón para sacar la ropa que se va a poner, y mientras Su Sonrisa es tan amplia como tierna acaricia suavemente con Sus Dedos el bultito que hay formado dentro de un calcetín.

            “Sí, Mi pequeña… estás ahí. Duerme ahora. Hasta la noche.”

martes, 10 de mayo de 2011

El Entierro.

                 Maté a mi Señor. Sí, sí, lo hice. No fue algo premeditado ni con alevosía. Puede que fuera consecuencia de mi torpeza, o de mi escaso conocimiento o de errores por ambas partes. Ahora ya no importa el porqué, lo que queda es el qué. Así pues, lo hice. Da igual si fue adrede o sin querer.

             No existe forma posible, imposible, probable o improbable de compensar mi luctuosa acción. Pero hablando con mi Señor, me ofrezco a prepararle un buen entierro. Qué menos que eso. No sin sorpresa para mí, acepta (creo).

               Y aquí estoy, buscando y pensando en el mejor entierro de todos los posibles; reales o imaginados tiene que ser el mejor.

            Finalmente, y tras mucho investigar y cavilar, me quedan dos opciones como medianamente válidas. Como no consigo decidirme por alguna de las dos, dejaré que sea Él quien elija, al fin y al cabo es el “Homenajeado”.


1.- Entierro hindú. Rito de Shiva.

Consiste en la cremación del cuerpo del finado. No existe un final que no sea el principio de otra cosa, sino una continuación en el vagabundeo de las almas. La cremación (preferiblemente en pira de madera de sándalo) es la manera de marcar la separación del cuerpo con el espíritu.

Debo buscar un lugar apropiado para la hoguera: cerca de donde arda un fuego imperecedero, el Fuego de Shiva, el Dios Destructor. Y no es malo, sino todo lo contrario. Para crear, se debe haber destruido antes. Morir para tener algo mejor.

Como sumisa amorosa y virtuosa que soy, voy a inmolarme junto a Él. ¿Cuáles son los orígenes de esta práctica? Me gusta la versión que explica como Sati, la primera esposa de Shiva, se suicidó en el fuego purificador al no poder resistir la separación.


2.- Entierro clásico. De entre los clásicos, Ovidio.

Publio Ovidio Nasón, autor de las obras Ars amandi y Remedia amoris. En esta última, en forma de poema, ofrece consejos y estrategias para evitar los daños producidos por el amor. En mi caso concreto, busco resarcirLe por el daño causado, por no haber sabido entregar mi amor, por no haber entendido el Suyo.

Buscaré el lago Leteo, junto al templo de Venus. Algunos autores hablan de él como de un río, pero un lago es más poético. Lago Leteo, el lago del Olvido.

Enterraré ahí a mi Señor. Así, las aguas del lago Le procurarán el profundo olvido de Su amada imposible. Y yo, yo me bañaré también junto a Él. Y Su Olvido será también el mío.

lunes, 9 de mayo de 2011

Jugar al escondite...

            El escondite. No me gusta este juego. Bueno, lo que no me gusta es que yo lo estoy jugando. Lo que veo… ¿Será Verdad? ¿Será Mentira?  Hay tantos espejos… O espejismos. Sin embargo, anoche fue bonito.

            Recuerdo que paseaba por un sendero estrecho, como un pasillo con muchos recovecos… Ahora cuesta arriba, luego hacia abajo, de derecha a izquierda. No había estado nunca en ese lugar y, … ... De una forma extraña, no sé, parecía conocer perfectamente ese camino, como si yo siempre hubiera estado allí. Cerré los ojos, e iba deslizando las palmas de las manos sobre esas paredes… Paredes duras, rígidas, a la vez que compuestas de un material blando y húmedo, y todas ellas grabadas con un relieve en escritura jeroglífica.

            “Parece un caracol por dentro” recuerdo que pensé. Entonces sucedió. Mi mano parecía hundirse en aquella pared, la estaba atravesando y a la vez me transformaba en aquella masa duriblanda. La sensación era agradable, inspiraba sentimiento de confianza, aún ante algo tan desconocido y extraño.

            “Nada has de temer, sigue” ordenó suavemente aquella maravillosa y tan amada Voz. Me dejé envolver por ese Sonido, nadando en Él…, de una forma indolente y despreocupada. Flotaba en esa nada tan absoluta, un vacío completamente lleno de Él, cuando sentí cómo con dulzura acariciaba mis cabellos y me susurraba… “Despierta nena, despierta…”. Habría dado mi vida por seguir envuelta en aquellas sensaciones tan tiernas y apacibles en las que estaba enredada, pero algo dentro de mí me obligaba a despertar, no era capaz de desatender aquel Mandato. Y desperté.


            “Te has quedado completamente abstraída”, dijo mi Señor mientras me tomaba por la cintura, llevándome hacia el comedor. “Nuestros invitados ya han llegado”. Venían a cenar a casa una pareja de amigos nuestros. Los había conocido mi Señor en no recuerdo muy bien dónde, creo que en un evento al que yo no pude asistir. Sin embargo, entre nosotros cuatro se había creado una preciosa complicidad, difícilmente explicable dado el poco tiempo que hacía que nos conocíamos.

            Por supuesto, yo misma serví aquellos manjares que con tanto esmero llevaba desde el mediodía preparando. La cena resultó ser uno de los mejores momentos que pueda haber vivido, disfrutamos todos de una velada especialmente agradable, mezclando risas con momentos de seriedad y emotivos. ¡Si yo hubiese sabido qué sucedería según transcurría la noche…! Ahora me deleito recordando la experiencia más salvaje y hermosa que nunca pensé podría vivir.

            Al servir los postres, en la bandeja estaban colocados de forma caprichosa unos dulces muy especiales… No viene al caso mencionar lo que eran… Lo importante es que mi Señor preguntó que era aquello. Y yo, sintiéndome tan en confianza, tras una cena deliciosa, generosamente regada con su correspondiente vino, y con una compañía que sentía en mi interior como de toda la vida, respondí sin pensar: “Son ambrosías del Olimpo para mi Dueño” a la vez que tomando una con la mano, con humildad yo misma la llevé a Su Boca.

            En ese momento comprendí que algo había hecho mal… Nada sabían nuestros amigos de mi Pertenencia a mi Señor. No me atrevía a levantar la mirada, tenía la total certeza que mi Señor me estaría atravesando –y torturando- con Su Mirada. Por el rabillo del ojo miré hacía nuestros invitados, y entonces…, por la expresión de sus caras… Comprendí todo. Eran una pareja de Dominantes. Así que ya sin temor alguno, miré a mi Señor, y viendo Su sugestiva Sonrisa, me arrodillé ante a Sus Pies y besando Su Mano le di las gracias por permitirme servirLe.

            “Tienes una esclava maravillosa” exclamó Él -el Dominante-. “Siempre me ha admirado la Devoción y Amor que has Imbuido en Tu sierva” dijo Ella, para acto seguido preguntar si mi Señor había considerado la posibilidad de cederme. Mi Señor dijo que éste quizás sería el momento adecuado para hacerlo, aunque estaría presente y participando en todo momento.

            ¡Ay, que no, que yo no estaba preparada para esta situación! Mi Señor y yo claro que habíamos comentado mi cesión en infinidad de ocasiones, y yo sabía que ése era Su Deseo, pero siempre pensé que yo lo sabría, que hablaríamos y detallaríamos cómo transcurriría esa sesión. Y ahora había llegado el momento. Y yo no sabía qué ni cómo tenía que hacer. Y nunca podría perdonarme a mí misma si no conseguía que mi Señor se sintiera henchido de Orgullo por el buen hacer de Su esclava. Yo tenía que improvisar, sin saber siquiera si entre Ellos habían hablado previamente sobre lo que iba a suceder. No sabía qué esperaba de mí mi Señor. Si me hubiera hablado sobre ello, habría podido preguntarLe, y haciendo gala de esa Infinita Paciencia que tiene, habría aclarado todas mis dudas. Miré a mi Señor con lo que yo pensaba era una mirada de súplica, pero al ver el brillo de Sus Ojos, con un atisbo de Su Orgullo que me daba la vida, me sentí fuerte y segura. Estaba con mi Señor, nada malo podía sucederme. Y yo tenía que mostrarme digna de tan Gran Señor. Así pues, con un gesto solicité Permiso para levantarme, y me lo concedió con un fugaz guiño de Sus Ojos. Con cuidado desabroché mi vestido y lo dejé caer al suelo. Todo mi cuerpo estaba al descubierto; únicamente una pequeña pieza de lencería de encaje negro cubría parcialmente mis senos y vientre, acabando en unas finas cintas de terciopelo que conformaban el liguero que sujetaba mis medias. Con sumo respeto me dirigí a mi Señor, preguntando si era Su Deseo que Les sirviera los licores en el salón. Mi Señor asintió con una Sonrisa dulce y perversa a la vez.

            Mi Señor se sentó en Su butaca preferida (esa butaca donde tantos y tantos magníficos azotes había recibido yo, tumbada sobre Su Regazo), mientras Ellos se sentaban enfrente. Serví a mi Señor el néctar de Ron-Miel que tanto Le gusta, así como a Sus Invitados los licores que deseaban degustar. Mi Señor me indicó con un movimiento de Su Mano que me acercara, y allí, a Sus Pies, me arrodillé. Estuvieron hablando y comentando animadamente, aunque mis sentidos ya no estaban puestos en la conversación. Por supuesto la seguía, e intervenía cuando se dirigían expresamente a mí. Pero mi alma y todo mi ser pertenecían por completo a mi Señor. Me sentía enteramente Suya.

            Mi Señor dejó Su Copa en la mesa. Se desabrochó el pantalón, y dijo a Sus Invitados: “Mi pequeña puta va a tener ahora la boca ocupada. El resto de su cuerpo está a Vuestra entera disposición”. Me incorporé un poco, a la vez que giraba mi posición, y nada más ver la Hombría de mi Señor, tan Erecta y Perfecta en Sus Formas, pensé que estallaría en un orgasmo animal. Pero, como es obvio, me contuve. Mi Señor tomó mi cabeza entre Sus Manos, y en un solo movimiento introdujo Su firme Miembro en mi interior, con tal fuerza y tal profundidad que sentí en la punta de los dedos de mis pies todo Su Deseo y Su Dominación. Mi piel percibió la proximidad de Él y de Ella. Él empezó a acariciar con suavidad el contorno de mis nalgas. Sus dedos parecían soplar por encima de mi piel. Sorpresivamente, comenzó a azotarme. Primero en un lado, luego en el otro. Más rápido cada vez, más fuerte, más veces seguidas en cada nalga.

            Mientras tanto, Ella se había acomodado en el hueco que formaban las Piernas de mi Señor y mi cuerpo; con una mano azotaba mi entrepierna mientras la otra pellizcaba mis ya duros pezones. En ese momento yo no era capaz de sentir ninguna clase de dolor. En mis manos, jugando con mi lengua, tenía dentro de mi boca el Miembro de mi Señor. Hinchado, muy Hinchado, Duro, muy Duro y…, Palpitante. Cada latido Suyo hacía circular olas y olas de vida y placer en mis venas. Ella dejó de azotarme. Había impregnado Sus dedos con Su propia saliva, y los deslizaba con mucha pericia por mi sexo, ya convertido en un explosivo a punto de estallar. Intuitivamente deduje que no era el Deseo de mi Señor que yo mostrara cuánto placer me estaba produciendo sentirme Suya, saber que yo no era nada sino solo aquella que Él ha elegido para satisfacerLe y servirLe. Como en cada ocasión que siento inquietudes, temores o tengo dudas sobre qué hacer, me concentré más y más aún en mi Señor. Su Imagen era lo único que había en mi interior. Y así, mis reacciones físicas dejaron de tener importancia. Mi mente era un torbellino de Sonrisas y Guiños de mi Señor, combinados con alguno de Sus Suspiros.

            Como en fotogramas desordenados, recuerdo ahora que ya no estábamos en el salón, sino en el dormitorio. Mientras yo lamía con lujuria el Ano de mi Señor, estaba siendo penetrada con un vibrador y pinzada en mis pechos. Veo escenas voluptuosas, de lascivia. Y por encima de todo veo a mi Señor. La figura de mi Señor inundaba y ocupaba mis pensamientos. Mi Señor… Imponente, Majestuoso. Una forma etérea, casi desdibujada, pero con un Brillo y una Luz que sólo un Grande, sólo un Espíritu Elevado puede mostrar. Mi Señor me estaba Poseyendo desde mi interior, empapándome con Su Contorno. Tiñendo de Paz mi existencia, mi cuerpo, mi alma.

            Como una ráfaga de viento, otra imagen cruza ahora por mi mente. Veo mi espalda. Estoy de rodillas. Mi cabeza está entre las piernas de Ella. Nunca antes había yo dado placer a una mujer. Y ahora lo estaba haciendo. Lo estaba disfrutando. Pero no veo Su cara. Está procurando placer a Él, con las manos. Sobre mi espalda cae lentamente la cera derretida que Él derrama sobre mí.

            Y mi Señor…, mi Señor me estaba Sodomizando. Sus Embestidas aumentaban en fuerza y velocidad… Mis sentidos percibían con claridad que Su Deseo iba a ser completa y placenteramente satisfecho, cuando Su Voz, Su amadísima Voz resonó por toda la estancia: “Mi pequeña…, Mi pequeña… Eres Mía”. Sus Palabras hicieron que mi cuerpo se desmembrara. Toda mi mente quedó a oscuras. Sólo un minúsculo punto de Su Luz brillaba en el centro de aquellas tinieblas. Y aquella Luz, Su Luz, explotó brutalmente iluminando…, inundando y arrasando todo a Su Paso. Yo me había desintegrado en un total frenesí, en destellos de Amor y Felicidad.


            Como una muñeca de trapo, dejada allí al azar, estoy desordenadamente caída en ese estrecho camino. Y comienzo a salir de esa especie de letargo en que he entrado. Intento incorporarme, y al apoyar mis manos sobre esas extrañas paredes, una breve imagen de esa noche cruza por mi mente. Esto es algo insólito. Vuelvo a rozar esa pared, y otra escena de esa noche de pasión y Amor y sumisión recorre mi mente. Esto no es posible… Son recuerdos. Pero… ¿dónde estoy? Y el conocimiento, la certeza se abren paso entre mis pensamientos. No estoy dentro de un caracol imposible. Estoy dentro de mi cerebro. Los jeroglíficos en relieve son la crónica de mi memoria, de mis recuerdos y vivencias, y yo los estoy leyendo con mis dedos. Más preguntas, atropellándose unas a otras, me asaltan. Pero… ¿Cómo puedo tener recuerdos –reales, muy reales- de algo que no he vivido? ¿Son deseos? ¿Son predicciones? ¿Serán Verdades? ¿Serán Mentiras? ¿Son espejos o espejismos? No, no es mi imaginación, no es mi fantasía. No, no son sueños. ¿Realidad o quimera? ¿Qué soy? ¿Quién soy? … ¿De Quién soy?  …

¡Qué difícil es esconderse de una misma!