martes, 10 de mayo de 2011

El Entierro.

                 Maté a mi Señor. Sí, sí, lo hice. No fue algo premeditado ni con alevosía. Puede que fuera consecuencia de mi torpeza, o de mi escaso conocimiento o de errores por ambas partes. Ahora ya no importa el porqué, lo que queda es el qué. Así pues, lo hice. Da igual si fue adrede o sin querer.

             No existe forma posible, imposible, probable o improbable de compensar mi luctuosa acción. Pero hablando con mi Señor, me ofrezco a prepararle un buen entierro. Qué menos que eso. No sin sorpresa para mí, acepta (creo).

               Y aquí estoy, buscando y pensando en el mejor entierro de todos los posibles; reales o imaginados tiene que ser el mejor.

            Finalmente, y tras mucho investigar y cavilar, me quedan dos opciones como medianamente válidas. Como no consigo decidirme por alguna de las dos, dejaré que sea Él quien elija, al fin y al cabo es el “Homenajeado”.


1.- Entierro hindú. Rito de Shiva.

Consiste en la cremación del cuerpo del finado. No existe un final que no sea el principio de otra cosa, sino una continuación en el vagabundeo de las almas. La cremación (preferiblemente en pira de madera de sándalo) es la manera de marcar la separación del cuerpo con el espíritu.

Debo buscar un lugar apropiado para la hoguera: cerca de donde arda un fuego imperecedero, el Fuego de Shiva, el Dios Destructor. Y no es malo, sino todo lo contrario. Para crear, se debe haber destruido antes. Morir para tener algo mejor.

Como sumisa amorosa y virtuosa que soy, voy a inmolarme junto a Él. ¿Cuáles son los orígenes de esta práctica? Me gusta la versión que explica como Sati, la primera esposa de Shiva, se suicidó en el fuego purificador al no poder resistir la separación.


2.- Entierro clásico. De entre los clásicos, Ovidio.

Publio Ovidio Nasón, autor de las obras Ars amandi y Remedia amoris. En esta última, en forma de poema, ofrece consejos y estrategias para evitar los daños producidos por el amor. En mi caso concreto, busco resarcirLe por el daño causado, por no haber sabido entregar mi amor, por no haber entendido el Suyo.

Buscaré el lago Leteo, junto al templo de Venus. Algunos autores hablan de él como de un río, pero un lago es más poético. Lago Leteo, el lago del Olvido.

Enterraré ahí a mi Señor. Así, las aguas del lago Le procurarán el profundo olvido de Su amada imposible. Y yo, yo me bañaré también junto a Él. Y Su Olvido será también el mío.

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