lunes, 9 de mayo de 2011

Jugar al escondite...

            El escondite. No me gusta este juego. Bueno, lo que no me gusta es que yo lo estoy jugando. Lo que veo… ¿Será Verdad? ¿Será Mentira?  Hay tantos espejos… O espejismos. Sin embargo, anoche fue bonito.

            Recuerdo que paseaba por un sendero estrecho, como un pasillo con muchos recovecos… Ahora cuesta arriba, luego hacia abajo, de derecha a izquierda. No había estado nunca en ese lugar y, … ... De una forma extraña, no sé, parecía conocer perfectamente ese camino, como si yo siempre hubiera estado allí. Cerré los ojos, e iba deslizando las palmas de las manos sobre esas paredes… Paredes duras, rígidas, a la vez que compuestas de un material blando y húmedo, y todas ellas grabadas con un relieve en escritura jeroglífica.

            “Parece un caracol por dentro” recuerdo que pensé. Entonces sucedió. Mi mano parecía hundirse en aquella pared, la estaba atravesando y a la vez me transformaba en aquella masa duriblanda. La sensación era agradable, inspiraba sentimiento de confianza, aún ante algo tan desconocido y extraño.

            “Nada has de temer, sigue” ordenó suavemente aquella maravillosa y tan amada Voz. Me dejé envolver por ese Sonido, nadando en Él…, de una forma indolente y despreocupada. Flotaba en esa nada tan absoluta, un vacío completamente lleno de Él, cuando sentí cómo con dulzura acariciaba mis cabellos y me susurraba… “Despierta nena, despierta…”. Habría dado mi vida por seguir envuelta en aquellas sensaciones tan tiernas y apacibles en las que estaba enredada, pero algo dentro de mí me obligaba a despertar, no era capaz de desatender aquel Mandato. Y desperté.


            “Te has quedado completamente abstraída”, dijo mi Señor mientras me tomaba por la cintura, llevándome hacia el comedor. “Nuestros invitados ya han llegado”. Venían a cenar a casa una pareja de amigos nuestros. Los había conocido mi Señor en no recuerdo muy bien dónde, creo que en un evento al que yo no pude asistir. Sin embargo, entre nosotros cuatro se había creado una preciosa complicidad, difícilmente explicable dado el poco tiempo que hacía que nos conocíamos.

            Por supuesto, yo misma serví aquellos manjares que con tanto esmero llevaba desde el mediodía preparando. La cena resultó ser uno de los mejores momentos que pueda haber vivido, disfrutamos todos de una velada especialmente agradable, mezclando risas con momentos de seriedad y emotivos. ¡Si yo hubiese sabido qué sucedería según transcurría la noche…! Ahora me deleito recordando la experiencia más salvaje y hermosa que nunca pensé podría vivir.

            Al servir los postres, en la bandeja estaban colocados de forma caprichosa unos dulces muy especiales… No viene al caso mencionar lo que eran… Lo importante es que mi Señor preguntó que era aquello. Y yo, sintiéndome tan en confianza, tras una cena deliciosa, generosamente regada con su correspondiente vino, y con una compañía que sentía en mi interior como de toda la vida, respondí sin pensar: “Son ambrosías del Olimpo para mi Dueño” a la vez que tomando una con la mano, con humildad yo misma la llevé a Su Boca.

            En ese momento comprendí que algo había hecho mal… Nada sabían nuestros amigos de mi Pertenencia a mi Señor. No me atrevía a levantar la mirada, tenía la total certeza que mi Señor me estaría atravesando –y torturando- con Su Mirada. Por el rabillo del ojo miré hacía nuestros invitados, y entonces…, por la expresión de sus caras… Comprendí todo. Eran una pareja de Dominantes. Así que ya sin temor alguno, miré a mi Señor, y viendo Su sugestiva Sonrisa, me arrodillé ante a Sus Pies y besando Su Mano le di las gracias por permitirme servirLe.

            “Tienes una esclava maravillosa” exclamó Él -el Dominante-. “Siempre me ha admirado la Devoción y Amor que has Imbuido en Tu sierva” dijo Ella, para acto seguido preguntar si mi Señor había considerado la posibilidad de cederme. Mi Señor dijo que éste quizás sería el momento adecuado para hacerlo, aunque estaría presente y participando en todo momento.

            ¡Ay, que no, que yo no estaba preparada para esta situación! Mi Señor y yo claro que habíamos comentado mi cesión en infinidad de ocasiones, y yo sabía que ése era Su Deseo, pero siempre pensé que yo lo sabría, que hablaríamos y detallaríamos cómo transcurriría esa sesión. Y ahora había llegado el momento. Y yo no sabía qué ni cómo tenía que hacer. Y nunca podría perdonarme a mí misma si no conseguía que mi Señor se sintiera henchido de Orgullo por el buen hacer de Su esclava. Yo tenía que improvisar, sin saber siquiera si entre Ellos habían hablado previamente sobre lo que iba a suceder. No sabía qué esperaba de mí mi Señor. Si me hubiera hablado sobre ello, habría podido preguntarLe, y haciendo gala de esa Infinita Paciencia que tiene, habría aclarado todas mis dudas. Miré a mi Señor con lo que yo pensaba era una mirada de súplica, pero al ver el brillo de Sus Ojos, con un atisbo de Su Orgullo que me daba la vida, me sentí fuerte y segura. Estaba con mi Señor, nada malo podía sucederme. Y yo tenía que mostrarme digna de tan Gran Señor. Así pues, con un gesto solicité Permiso para levantarme, y me lo concedió con un fugaz guiño de Sus Ojos. Con cuidado desabroché mi vestido y lo dejé caer al suelo. Todo mi cuerpo estaba al descubierto; únicamente una pequeña pieza de lencería de encaje negro cubría parcialmente mis senos y vientre, acabando en unas finas cintas de terciopelo que conformaban el liguero que sujetaba mis medias. Con sumo respeto me dirigí a mi Señor, preguntando si era Su Deseo que Les sirviera los licores en el salón. Mi Señor asintió con una Sonrisa dulce y perversa a la vez.

            Mi Señor se sentó en Su butaca preferida (esa butaca donde tantos y tantos magníficos azotes había recibido yo, tumbada sobre Su Regazo), mientras Ellos se sentaban enfrente. Serví a mi Señor el néctar de Ron-Miel que tanto Le gusta, así como a Sus Invitados los licores que deseaban degustar. Mi Señor me indicó con un movimiento de Su Mano que me acercara, y allí, a Sus Pies, me arrodillé. Estuvieron hablando y comentando animadamente, aunque mis sentidos ya no estaban puestos en la conversación. Por supuesto la seguía, e intervenía cuando se dirigían expresamente a mí. Pero mi alma y todo mi ser pertenecían por completo a mi Señor. Me sentía enteramente Suya.

            Mi Señor dejó Su Copa en la mesa. Se desabrochó el pantalón, y dijo a Sus Invitados: “Mi pequeña puta va a tener ahora la boca ocupada. El resto de su cuerpo está a Vuestra entera disposición”. Me incorporé un poco, a la vez que giraba mi posición, y nada más ver la Hombría de mi Señor, tan Erecta y Perfecta en Sus Formas, pensé que estallaría en un orgasmo animal. Pero, como es obvio, me contuve. Mi Señor tomó mi cabeza entre Sus Manos, y en un solo movimiento introdujo Su firme Miembro en mi interior, con tal fuerza y tal profundidad que sentí en la punta de los dedos de mis pies todo Su Deseo y Su Dominación. Mi piel percibió la proximidad de Él y de Ella. Él empezó a acariciar con suavidad el contorno de mis nalgas. Sus dedos parecían soplar por encima de mi piel. Sorpresivamente, comenzó a azotarme. Primero en un lado, luego en el otro. Más rápido cada vez, más fuerte, más veces seguidas en cada nalga.

            Mientras tanto, Ella se había acomodado en el hueco que formaban las Piernas de mi Señor y mi cuerpo; con una mano azotaba mi entrepierna mientras la otra pellizcaba mis ya duros pezones. En ese momento yo no era capaz de sentir ninguna clase de dolor. En mis manos, jugando con mi lengua, tenía dentro de mi boca el Miembro de mi Señor. Hinchado, muy Hinchado, Duro, muy Duro y…, Palpitante. Cada latido Suyo hacía circular olas y olas de vida y placer en mis venas. Ella dejó de azotarme. Había impregnado Sus dedos con Su propia saliva, y los deslizaba con mucha pericia por mi sexo, ya convertido en un explosivo a punto de estallar. Intuitivamente deduje que no era el Deseo de mi Señor que yo mostrara cuánto placer me estaba produciendo sentirme Suya, saber que yo no era nada sino solo aquella que Él ha elegido para satisfacerLe y servirLe. Como en cada ocasión que siento inquietudes, temores o tengo dudas sobre qué hacer, me concentré más y más aún en mi Señor. Su Imagen era lo único que había en mi interior. Y así, mis reacciones físicas dejaron de tener importancia. Mi mente era un torbellino de Sonrisas y Guiños de mi Señor, combinados con alguno de Sus Suspiros.

            Como en fotogramas desordenados, recuerdo ahora que ya no estábamos en el salón, sino en el dormitorio. Mientras yo lamía con lujuria el Ano de mi Señor, estaba siendo penetrada con un vibrador y pinzada en mis pechos. Veo escenas voluptuosas, de lascivia. Y por encima de todo veo a mi Señor. La figura de mi Señor inundaba y ocupaba mis pensamientos. Mi Señor… Imponente, Majestuoso. Una forma etérea, casi desdibujada, pero con un Brillo y una Luz que sólo un Grande, sólo un Espíritu Elevado puede mostrar. Mi Señor me estaba Poseyendo desde mi interior, empapándome con Su Contorno. Tiñendo de Paz mi existencia, mi cuerpo, mi alma.

            Como una ráfaga de viento, otra imagen cruza ahora por mi mente. Veo mi espalda. Estoy de rodillas. Mi cabeza está entre las piernas de Ella. Nunca antes había yo dado placer a una mujer. Y ahora lo estaba haciendo. Lo estaba disfrutando. Pero no veo Su cara. Está procurando placer a Él, con las manos. Sobre mi espalda cae lentamente la cera derretida que Él derrama sobre mí.

            Y mi Señor…, mi Señor me estaba Sodomizando. Sus Embestidas aumentaban en fuerza y velocidad… Mis sentidos percibían con claridad que Su Deseo iba a ser completa y placenteramente satisfecho, cuando Su Voz, Su amadísima Voz resonó por toda la estancia: “Mi pequeña…, Mi pequeña… Eres Mía”. Sus Palabras hicieron que mi cuerpo se desmembrara. Toda mi mente quedó a oscuras. Sólo un minúsculo punto de Su Luz brillaba en el centro de aquellas tinieblas. Y aquella Luz, Su Luz, explotó brutalmente iluminando…, inundando y arrasando todo a Su Paso. Yo me había desintegrado en un total frenesí, en destellos de Amor y Felicidad.


            Como una muñeca de trapo, dejada allí al azar, estoy desordenadamente caída en ese estrecho camino. Y comienzo a salir de esa especie de letargo en que he entrado. Intento incorporarme, y al apoyar mis manos sobre esas extrañas paredes, una breve imagen de esa noche cruza por mi mente. Esto es algo insólito. Vuelvo a rozar esa pared, y otra escena de esa noche de pasión y Amor y sumisión recorre mi mente. Esto no es posible… Son recuerdos. Pero… ¿dónde estoy? Y el conocimiento, la certeza se abren paso entre mis pensamientos. No estoy dentro de un caracol imposible. Estoy dentro de mi cerebro. Los jeroglíficos en relieve son la crónica de mi memoria, de mis recuerdos y vivencias, y yo los estoy leyendo con mis dedos. Más preguntas, atropellándose unas a otras, me asaltan. Pero… ¿Cómo puedo tener recuerdos –reales, muy reales- de algo que no he vivido? ¿Son deseos? ¿Son predicciones? ¿Serán Verdades? ¿Serán Mentiras? ¿Son espejos o espejismos? No, no es mi imaginación, no es mi fantasía. No, no son sueños. ¿Realidad o quimera? ¿Qué soy? ¿Quién soy? … ¿De Quién soy?  …

¡Qué difícil es esconderse de una misma!

2 comentarios:

althea dijo...

Querida amiga, me alegro que por fin compartas tus bellos relatos que el resto de los mortales, ya estabas tardando, besos

medussa dijo...

Muchas gracias querida althea. Sí..., ya estaba tardando. Besos grandes.

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