viernes, 10 de junio de 2011

Su Bosque.

        Me encanta este bosque. Cuando esta tarde llamó mi Señor y me dijo que Le vería aquí al atardecer, me invadió tal sensación de plena felicidad que casi hasta me sentí culpable. Y ahora los últimos rayos de sol intentan atravesar las altas copas de los árboles, tan altas son que algunas se pierden lejos de mi mirada. Gruesos troncos acaban en enormes raíces que ocultan el camino que ya casi no se ve; la luz no consigue atravesar las retorcidas ramas. Y sin embargo, aquí, en este bosque, siempre me siento tan segura, tan vulnerable, tan protegida y tan expuesta a la vez…

        Ya el día ha cedido su reino a la noche, y en este intervalo en que ni el sol ni la luna llegan a verse, las tinieblas se apoderan del bosque. No tengo miedo alguno, sólo pienso en mi Señor, en verLe aparecer por el tortuoso camino, ver Su Sonrisa, que anticipa el éxtasis ante el cual hasta las altas copas de los árboles se encogerán. Y mientras pienso que el Poder de mi Señor sólo hace más patente mi fragilidad, a la vez que mi fortaleza, un quebrar de hojas secas al otro lado del camino me hace girar la cabeza. Pero no veo nada, no hay nadie. Y otro crepitar parece sonar a mi espalda, y aunque de un salto me doy la vuelta, sigo sin ver nada. Es el bosque de mi Señor. ¿O es que mi Señor es ahora el Bosque? Y repentinamente, Su Voz se Apodera de todo mi ser: “Busca Mis Palabras. Ahí estaré Yo. Te espero, no tardes”.

      ¿Es un acertijo? ¿Cómo busco yo Sus Palabras? Aquí parada, desde luego no. Y me adentro en el camino. Conozco bien el bosque, no necesito casi ni mirar dónde pisar. Un poco más adelante nace una estrecha senda que desemboca en un claro, y hacia allí me dirijo. ¡Oh, no… Esto no es posible! Los árboles se mueven, cambian de lugar, me cierran el paso. El bosque pertenece a mi Señor, Le obedece. Es una señal que envía mi Señor, no debo buscar por aquí. Intento retomar el camino, pero ha cambiado también su posición. Está oscuro, he dado vueltas y he perdido la orientación. Y mi corazón se acelera. Y sigo caminando, cada vez más rápido. Y casi sin darme cuenta, empiezo a correr, sin ver, sin pensar siquiera por dónde voy.

       Una rama aparece de la nada, mis tobillos se enredan en ella y caigo de bruces. Intento soltarme, sin conseguirlo. Se ha acelerado tanto mi respiración que cada vez que tomo aire, siento una punzada de dolor en el pecho, mientras mis ansiosas manos tratan de luchar con las cuerdas de madera. Una ráfaga de aire mueve las copas de los árboles, y la blanca luz de la luna ilumina mis manos, a la vez que mi mente: Están empezando a teñirse de color carmesí. Me estoy lastimando. Y eso es algo que mi Señor, expresamente, me ha Prohibido hacer. Y no sólo en eso consiste mi desobediencia. Tampoco he buscado Sus Palabras. Y además, Le estoy haciendo esperar. Sé lo que va a pasar ahora, enderezo mi cuerpo quedando de rodillas, y a la vez que levanto los brazos nuevas cuerdas de madera aparecen y amarran mis manos por las muñecas. Al bajar la cabeza, baja también mi mirada. Una leve brisa acaricia con dulzura mis cabellos. Pero cada vez sopla más fuerte, pasando a ser aire. Y finalmente, ráfagas de viento hacen restallar las ramas de los árboles bajo mi espalda, justo en las prietas y redondeadas curvas que tanto gustan a mi Señor, y los azotes continúan. Pero mi Señor es Grande. Y Generoso. Y Ama a Su pequeña sumisa. Y hace que escuche nuevamente Su Voz: “Busca Mis Palabras.” Ante Su amada y dulce Voz, olvido mis miedos, sólo pienso en Él. Y en Sus amadas Palabras: Serenidad… Para pensar. Inteligencia… Para ver. Conocimiento… Para comprender. Entrega… Para saber.

Cesa el viento, se aflojan mis ataduras y caigo al suelo. Desaparecen las ramas que ataban mis muñecas y tobillos. Me pongo en pie, y miro a mi alrededor. Veo un enorme árbol, cuyas abundantes ramas nacen desde muy abajo del tronco… Casi como una escalera. Casi no hace falta que trepe por el árbol, sólo subo y subo. Cuando alcanzo la cima, la brillante luz de la luna me sonríe. E ilumina todo el bosque para mí. Desde tan alto, veo todo. Un intenso destello ahí abajo hace que casi tenga que cerrar los ojos. Pero vuelvo a mirar, a recordar… Había un riachuelo en el bosque, largo, sinuoso, con muchos recodos que casi parecen formar… Letras. La luna me guiña un ojo, y atenúa la intensidad de su luz. Ahora veo bien el Agua, y puedo leer lo que Escribe en el bosque con Sus Palabras: ERES MIA.

“Ya voy, mi Señor. No tardo nada.” Y feliz, comienzo a bajar del árbol.

A Sus Pies. Siempre, Siempre Suya.

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