sábado, 28 de mayo de 2011

Fumando...

        Soy sumisa. Creo que lo he sido siempre, aún sin saberlo. Aparentemente segura toda mi vida, y seguramente perdida toda ella. Y he tenido la gran fortuna de ser encontrada por mi Señor. Yo miraba, pero no veía. Y Él me enseñó a ver.

       Soy tan afortunada… mi Amo es el más Grande, el más Generoso, tan Comprensivo con tan torpe sumisa… Lleva muchos días trabajando muchas horas y con mucha intensidad, y sin embargo, cuando Su pequeña y frágil sumisa Le importuna, Él no tiene ni un mal gesto, ni una Palabra que no sea amable para conmigo.

       Hablamos por teléfono, y me escucha, me cuenta cosas, me hace reír… Esta noche estuvimos hablando, y yo solicité Su Permiso para satisfacer el deseo tan grande que me suscita, pero no era para ese momento justo, sino para cuando Él así lo deseara, cosa que olvidé mencionar. Es tan Magnánimo, que me concedió Su Permiso y deseaba verme.

         El Poder de mi Señor es tan grande que me hace soñar, vigila y dirige mis sueños. Vaya yo a donde quiera ir, siempre estoy protegida, segura. Su Mirada y Su Presencia ahuyentan a los monstruos, los diablos, los malos espíritus; me hace cruzar la Puerta, da vida a mis sueños... Los convierte en realidad.

        Esta noche dijo que me iba a fumar; yo, tan pequeña, tan insignificante, una minúscula mota de polvo, y he sido elegida para entrar mortal en la Boca de mi Señor, para acto seguido salir volátil, purificada, embriagada de Su propia Esencia. Mi Señor me tiene entre Sus Manos, Comprueba que mis pequeñas alas están bien (Le he dado motivos para hacerlo), y poco a poco, imperceptiblemente, cierra Sus Manos, quedando yo en el hueco que se forma. No estoy asustada, me gusta mucho cuando mi Señor me sorprende con nuevas experiencias.

Siento como Su Rostro se va acercando… pero, ¿me va a fumar de verdad? Con la primera bocanada de Su Aliento caigo de rodillas, me prendo fuego, soy una brasa. Mis pies empiezan a consumirse, mis piernas les siguen, mi cuerpo, mis brazos, mi sexo… No me araño, no me lastimo, no estoy autorizada a hacerlo pienso mientras veo como me estoy deshaciendo. Gimo de placer. ¿qué está pasando? Estoy chillando hacia dentro, y mis gemidos, mis suspiros, mis gritos de placer entran dentro de mí, rebotan por las paredes de mi pequeño cuerpo, y se van haciendo más y más grandes. Y mi Señor sigue aspirándome, me está permitiendo entrar en Su Boca. La cercanía de Sus Labios me provoca un temblor incontrolable. Me hace sentir Su Poder. Me transforma, me convierte en humo, y vuelvo a estar entre Sus Manos. Y cada bocanada se convierte en otra oleada de intenso placer, ya no queda espacio en mi interior para más gemidos. Un pequeño suspiro más y reviento.

Abro los ojos. Despreocupadamente recostada entre las Manos de mi Señor, ahora abiertas.
Vaya, no he reventado, menos mal. Estoy encharcada en mis propios jugos, y bebo de ellos. Siento tanta felicidad que creo voy a derramar lágrimas. Mi Señor dice que podría haber seguido fumándome, exprimiéndome… pero tan grande es Su Sabiduría que decidió no hacerme explotar, brasas, humo, gemidos, néctares de placer… aún en el caso de haber explosionado todo, Él me habría recompuesto, no habría Permitido que ni una ínfima gota de mi estúpida esencia resbalara por entre Sus Dedos.

       Al principio de permitirme Él ser Su sumisa, yo, en mi ignorancia, me preguntaba: ¿dónde están los límites de tan maravilloso amor que siento? No hay límites. Es tan grande como la más pequeña partícula que imaginarse pueda, y tan pequeño como todo el infinito universo que hay hasta más allá de las inexploradas galaxias del fin del mundo.

          Y así me hace sentir mi Señor, tan grande, tan pequeña. Tan inocente, tan perversa. Tan importante, tan insignificante. Tan inmortal, tan efímera. Tan firme, tan frágil.

         Tan Amada. Humildemente ruego me Permita depositar mi alma a Sus Pies, pequeña ofrenda para tan Gran Señor. La Eternidad no es tiempo suficiente para que esta simple sumisa pueda demostrarLe el amor y el agradecimiento que siente por Usted.


Siempre Suya, SIEMPRE SUYA.

viernes, 20 de mayo de 2011

Nôtre-Dame.

Pequeña esfinge
de ceñida falda,
sucinto caminar
y serpentinos cabellos;
siempre dispuesta
(bien lo sabes),
y no a simple modo de égida
(también lo sabes),
a petrificar incautos
con la mirada.

Hasta que pude percutir
y embestirte el alma,
para arrancar,
desollando de ella,
a tu peor enemiga.

Ahora, en la resurrecta noche,
en la explanada frente a la Catedral,
cuya fachada ya conocías
con fotográfica memoria,
un salvaje y espectral Aullido,
allá arriba,
reclama tu vista.

Y entonces la ves.
Antes no estaba.
Ésta es nueva…

Diríase similar a las otras,
salvo por un pequeño,
pequeñísimo,
minúsculo,
ínfimo detalle…


Dos en una,
en contraluz de nubes:
Gárgola y Gorgona,
en cadena perpetua.


Y tiene los ojos azules. 

















        


- "Poema de Señor A.C. inspirado en este relato" -

*.*.*.*.*.*.* 


             Por fin, París... Ya le queda un sueño menos que cumplir. Hoy ni siquiera ha visitado museos, o los Parques Elíseos, o la Torre Eiffel… Todo el día lo pasó sentada en un banco, frente a la Catedral más famosa y no sólo por su cristiandad, que también, sino por su magia, su poder, sus leyendas… Nôtre-Dame. Y ahora, al anochecer, con todos y cada uno de los detalles de su arquitectura grabados en sus retinas, y apoyada en un muro, ve cómo el brillo de la luna refleja esas imágenes en el río Sena. El río, un río, el agua…, la vida, su vida, su Señor. Su amado Señor. Todo le lleva a Él, siempre Él.

               Y mientras sus ojos se llenan también de agua, de tan amada Esencia, sabe qué es lo que tiene que hacer ahora. Separa las rodillas, se agacha un poco, y se ofrece a su Señor. Sabe que ha venido sola a esta ciudad, pero también sabe que Él siempre está donde está ella. Sus sentidos no la engañan; con su piel, percibe Su Proximidad; con su nariz, percibe Su Olor; con su mente, Su Presencia, y con sus curvas ahora tan expuestas, percibe Su Deseo. Y su Señor la Posee, con fuerza, con fiereza, una y otra vez, cuando sucede algo que ella no esperaba… No sólo la está Poseyendo sexualmente, no sólo Hace uso de Su Pertenencia, no… La ha Poseído por completo, está en su interior, siente cómo todo su ser está siendo invadido por Él; su Señor está buscando algo, pero no hay nada que ella pueda ocultarLe. Justo en este momento, cruza ella al otro lado, a otra dimensión.

               Su Señor es ahora un Lobo. Un Lobo gris, que la luz de la luna convierte en plata. Los Ojos son penetrantes, no necesitan mirar para ver. Ese es el poder, Su Poder. Ella se da cuenta ahora de qué es lo que sucede, su Señor la ha desdoblado, ha sacado algo de su interior a la luz… Y Corre detrás de ella, ahora convertida en un ser infernal, con afiladas garras, ojos diabólicos del color de la sangre, y con ansias de fiera salvaje. Se siente, se sabe poderosa. Pero también sabe que no ha de enfrentarse a Él, su Señor es demasiado Poderoso, la Dominará también a ella. Y corre, vuela, salta, huye, busca con desesperación la puerta, el lugar que la traerá a este lado. Si lo logra, tendrá lo más preciado, vivirá. Ya ha encontrado lo que buscaba, sólo un salto más y cruzará.

               Y el Poderoso Lobo de Plata no ha conseguido darle alcance. Anticipándose al placer de lo que sabe va a encontrar -el disfrute de la vida, el mayor don que pueda un ser infernal tener-, hace que la saliva gotee por entre su boca. Ya ha llegado, se detiene un momento, y justo ahora cae al suelo, derribada por su Señor. Los colmillos del Lobo se clavan en su nuca, las Garras entran en su cuerpo, la atraviesa. Y nuevamente es Poseída, Penetrada y Dominada. Su Señor no tiene piedad ahora, la está traspasando y taladrando con Su Poder. Las fuerzas la abandonan, se rinde, se entrega.

               Ella ha vuelto a la Catedral. No sabe bien cómo, sus pies la han traído hasta aquí, caminando casi como una autómata. Y vuelve a mirar, se deleita de nuevo ante tanta belleza. Un Aullido salvaje sonando desde lo alto hace que levante la mirada. Y entonces la ve. Esta tarde no estaba ahí..., una gárgola gris, petrificada y atada para siempre. A simple vista parece igual que las otras, pero un pequeño detalle la diferencia: Tiene los ojos de color azul.

             Se arrodilla, y con lágrimas de felicidad manando desde su interior, le da las gracias a su Señor. “Gracias mi Señor, ahora soy doblemente Suya, siempre Suya”.

sábado, 14 de mayo de 2011

De incógnito.

            Pensé que este momento no iba a llegar nunca… Me siento en la cama, compruebo que el despertador está conectado, aunque siempre me despierto antes de que suene; me descalzo, me tumbo, y miro por la ventana. Todas las noches el mismo ritual, pero hoy me encuentro bastante cansada, hace ya unas horas que mi mente sólo estaba ocupada por este pensamiento; que llegara la noche y descansar, mascullo para mis adentros mientras miro la luna, completamente redonda y muy brillante, aún dos días después del plenilunio.

            Ni siquiera soy consciente de haber cerrado los ojos cuando ya estoy dormida. O eso al menos me pareció sentir, cuando la realidad es que me estoy desperezando…, casi como recién despierta. Pero no estoy en mi dormitorio; la sensación de bienestar que me acompaña es aún mayor. Estoy… Dentro de un calcetín. ¡Oh!, es un calcetín de mí amado Señor. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo he llegado aquí? Y mientras salgo de mi calcetín-cueva, voy recordando. Sí, es verdad. Ahora vivo ahí, y nadie lo sabe. Es mi secreto. Y sigo recordando mientras, sin abrir el cajón, salgo de él y me descuelgo hasta el suelo. Ya sé dónde estoy. Con mi Señor. Él duerme ahora, aunque no sabe que estoy aquí, y otra vez repito el mismo ritual de todas las noches. Camino de puntillas hasta la cabecera de la cama, y me quedo ahí quieta, muy quieta. Escucho Su rítmica respiración. Duerme. Con las dos manos, tiro un poco de la sábana. Nada; ningún cambio se observa, ningún movimiento.  No obstante, espero unos minutos más. Y cuando ya estoy segura que no Se despertará, vuelo hacia arriba, hacia Él.

             Me poso suavemente al lado de Su Pecho, y muy despacito voy subiendo, hasta que llego al centro, justo encima de Su Corazón. Me tumbo hecha un ovillo y la sensación de cómo subo y bajo mientras Su Pecho se eleva según respira, hace que sonría y disfrute enormemente, como una niña montada en un caballito de feria, mientras Sus Latidos me suenan a Música Celestial. La felicidad que me embarga provoca que mis mejillas, ahora húmedas, brillen a la luz de la luna. Y siento unos irresistibles deseos de besar a mi Señor. Nunca me había atrevido a tanto, sólo me dedicaba a velar Su Sueño. ¿Y si Se despierta? ¿Y si me ve? Pero iré con cuidado, con mucho cuidado. No pasará nada. Una voz dentro de mi mente me advierte al hacerme recordar mis pasados atrevimientos, con unos finales siempre inesperados. No soy capaz de escucharla, y de puntillas, casi sin rozarLe mientras mis pequeñas alas me elevan un poquito, asciendo despacio hasta Su hermoso Rostro. Acaricio Su Boca y Sus Labios con mis dedos, y cuando me agacho para besarLe, mi atrevimiento, como siempre, tiene un final inesperado.

            Justo en ese momento mi Señor Se da la vuelta, girándose hacia un lado. Me caigo, y es tal mi sorpresa que olvido mis pequeñas alas, que podrían haberme salvado de la caída. Pero pensar que pueda despertarse y verme me impide cualquier movimiento. Ya no recuerdo nada más, hasta el momento en que abro los ojos. Está todo en completa oscuridad. ¿Tanto tiempo ha pasado que la luna ha cambiado de fase? Simultáneamente a ese pensamiento, otros se superponen. No, no ha pasado tanto tiempo. Sucede que estoy con los ojos vendados, y ese es el motivo por el que no veo nada. Ya no tengo el tamaño de una pequeña ninfa... Intento cambiar mi posición, y me doy cuenta que estoy atada por las muñecas, en pie y con los brazos en cruz. También mis tobillos están inmovilizados. Noto una Presencia, es mi Señor. Podría reconocerLe hasta por Su forma de respirar. Y el placentero escalofrío que recorre toda mi piel me hace constatar que nada la cubre, estoy desnuda. Saber que estoy con Él me tranquiliza, y aunque no sé qué sucederá a continuación, aún estando vendada cierro los ojos, como anticipándome al placer que me espera.

            Ni siquiera los abro cuando con Sus Manos me propina el primer azote. Me sorprendo, sí, como siempre, pero mantengo los ojos cerrados. Pierdo la cuenta de cuántas veces Sus Manos han disciplinado mi cuerpo, y estoy esperando ya el siguiente azote cuando lo que siento son Sus Labios rozando mi roja y ardiente piel. Mi mente no es capaz de soportar tanto gozo, y se traslada, nuevamente, a otra dimensión ocupada por entero por la dicha que siento entregándome a Él. Soy liberada de mis ataduras, y desaparece la venda que cubría mis ojos. Ahora miro, y veo a mi Señor, Sonriendo. Y hago lo que más deseo hacer en este momento, me postro de rodillas ante Él, con la frente apoyada en el suelo y los brazos extendidos con las palmas de las manos hacia arriba. Con devoción, Le ofrezco una vez más mi alma, que ya es Suya.

            Mi Señor me hace levantar, me abraza, me besa con pasión contenida. Y me lleva hasta el lecho. Me pone frente a la cama, y Él Se sitúa a mi espalda. Sin necesidad de romper el silencio, sé lo que me está Ordenando. Me subo a la cama, con las piernas abiertas y apoyadas en las rodillas, y otra vez dejo mi frente descansar en la cama. Nuevos azotes anticipan lo que va a suceder. Y entonces, a la vez que mi cuerpo destila la lujuria que me invade, de una sola Embestida mi Señor me Toma, me Penetra, me hace Suya. Arremete con fuerza y pasión en mi interior, y vuelvo a ver y sentir cómo mi Caballero, mi Dueño se abre paso por un mundo de tinieblas llevándome firmemente unida a Él. Cuando mi Señor queda satisfecho del uso que ha hecho de Su Pertenencia, sin salir de mi interior, suavemente me hace doblar mis rodillas, y queda tumbado encima de mí. Mientras me Besa en la nuca, Sus Dedos se enredan en mis cabellos, acariciándolos con Dulzura. No creo que nunca nadie haya sentido la misma felicidad que siento yo ahora en mi interior, con mi mente situada en la cúpula del universo mientras veo cómo un brutal estallido de miles de estrellas y galaxias enteras forman el universo.

            Me despierto acurrucada en Su Cuello, hecha un completo ovillo en el hueco que queda entre Él y la almohada. Sin hacer ningún ruido, me levanto y vuelo hasta el cajón. Sin abrirlo, entro dentro de él. Busco el calcetín de mi Señor, mi calcetín-cueva, el lugar donde me escondo ahora. Una noche más, he dormido junto a Él, y una noche más no sé si ha sido un sueño todo lo sucedido, parecía tan real… Pero estoy convencida que no me ha visto.

            Ya llevo un rato profundamente dormida, cuando suena el despertador de mi Señor, que yo, como es natural, no oigo. Se levanta, abre el cajón para sacar la ropa que se va a poner, y mientras Su Sonrisa es tan amplia como tierna acaricia suavemente con Sus Dedos el bultito que hay formado dentro de un calcetín.

            “Sí, Mi pequeña… estás ahí. Duerme ahora. Hasta la noche.”

martes, 10 de mayo de 2011

El Entierro.

                 Maté a mi Señor. Sí, sí, lo hice. No fue algo premeditado ni con alevosía. Puede que fuera consecuencia de mi torpeza, o de mi escaso conocimiento o de errores por ambas partes. Ahora ya no importa el porqué, lo que queda es el qué. Así pues, lo hice. Da igual si fue adrede o sin querer.

             No existe forma posible, imposible, probable o improbable de compensar mi luctuosa acción. Pero hablando con mi Señor, me ofrezco a prepararle un buen entierro. Qué menos que eso. No sin sorpresa para mí, acepta (creo).

               Y aquí estoy, buscando y pensando en el mejor entierro de todos los posibles; reales o imaginados tiene que ser el mejor.

            Finalmente, y tras mucho investigar y cavilar, me quedan dos opciones como medianamente válidas. Como no consigo decidirme por alguna de las dos, dejaré que sea Él quien elija, al fin y al cabo es el “Homenajeado”.


1.- Entierro hindú. Rito de Shiva.

Consiste en la cremación del cuerpo del finado. No existe un final que no sea el principio de otra cosa, sino una continuación en el vagabundeo de las almas. La cremación (preferiblemente en pira de madera de sándalo) es la manera de marcar la separación del cuerpo con el espíritu.

Debo buscar un lugar apropiado para la hoguera: cerca de donde arda un fuego imperecedero, el Fuego de Shiva, el Dios Destructor. Y no es malo, sino todo lo contrario. Para crear, se debe haber destruido antes. Morir para tener algo mejor.

Como sumisa amorosa y virtuosa que soy, voy a inmolarme junto a Él. ¿Cuáles son los orígenes de esta práctica? Me gusta la versión que explica como Sati, la primera esposa de Shiva, se suicidó en el fuego purificador al no poder resistir la separación.


2.- Entierro clásico. De entre los clásicos, Ovidio.

Publio Ovidio Nasón, autor de las obras Ars amandi y Remedia amoris. En esta última, en forma de poema, ofrece consejos y estrategias para evitar los daños producidos por el amor. En mi caso concreto, busco resarcirLe por el daño causado, por no haber sabido entregar mi amor, por no haber entendido el Suyo.

Buscaré el lago Leteo, junto al templo de Venus. Algunos autores hablan de él como de un río, pero un lago es más poético. Lago Leteo, el lago del Olvido.

Enterraré ahí a mi Señor. Así, las aguas del lago Le procurarán el profundo olvido de Su amada imposible. Y yo, yo me bañaré también junto a Él. Y Su Olvido será también el mío.

lunes, 9 de mayo de 2011

Jugar al escondite...

            El escondite. No me gusta este juego. Bueno, lo que no me gusta es que yo lo estoy jugando. Lo que veo… ¿Será Verdad? ¿Será Mentira?  Hay tantos espejos… O espejismos. Sin embargo, anoche fue bonito.

            Recuerdo que paseaba por un sendero estrecho, como un pasillo con muchos recovecos… Ahora cuesta arriba, luego hacia abajo, de derecha a izquierda. No había estado nunca en ese lugar y, … ... De una forma extraña, no sé, parecía conocer perfectamente ese camino, como si yo siempre hubiera estado allí. Cerré los ojos, e iba deslizando las palmas de las manos sobre esas paredes… Paredes duras, rígidas, a la vez que compuestas de un material blando y húmedo, y todas ellas grabadas con un relieve en escritura jeroglífica.

            “Parece un caracol por dentro” recuerdo que pensé. Entonces sucedió. Mi mano parecía hundirse en aquella pared, la estaba atravesando y a la vez me transformaba en aquella masa duriblanda. La sensación era agradable, inspiraba sentimiento de confianza, aún ante algo tan desconocido y extraño.

            “Nada has de temer, sigue” ordenó suavemente aquella maravillosa y tan amada Voz. Me dejé envolver por ese Sonido, nadando en Él…, de una forma indolente y despreocupada. Flotaba en esa nada tan absoluta, un vacío completamente lleno de Él, cuando sentí cómo con dulzura acariciaba mis cabellos y me susurraba… “Despierta nena, despierta…”. Habría dado mi vida por seguir envuelta en aquellas sensaciones tan tiernas y apacibles en las que estaba enredada, pero algo dentro de mí me obligaba a despertar, no era capaz de desatender aquel Mandato. Y desperté.


            “Te has quedado completamente abstraída”, dijo mi Señor mientras me tomaba por la cintura, llevándome hacia el comedor. “Nuestros invitados ya han llegado”. Venían a cenar a casa una pareja de amigos nuestros. Los había conocido mi Señor en no recuerdo muy bien dónde, creo que en un evento al que yo no pude asistir. Sin embargo, entre nosotros cuatro se había creado una preciosa complicidad, difícilmente explicable dado el poco tiempo que hacía que nos conocíamos.

            Por supuesto, yo misma serví aquellos manjares que con tanto esmero llevaba desde el mediodía preparando. La cena resultó ser uno de los mejores momentos que pueda haber vivido, disfrutamos todos de una velada especialmente agradable, mezclando risas con momentos de seriedad y emotivos. ¡Si yo hubiese sabido qué sucedería según transcurría la noche…! Ahora me deleito recordando la experiencia más salvaje y hermosa que nunca pensé podría vivir.

            Al servir los postres, en la bandeja estaban colocados de forma caprichosa unos dulces muy especiales… No viene al caso mencionar lo que eran… Lo importante es que mi Señor preguntó que era aquello. Y yo, sintiéndome tan en confianza, tras una cena deliciosa, generosamente regada con su correspondiente vino, y con una compañía que sentía en mi interior como de toda la vida, respondí sin pensar: “Son ambrosías del Olimpo para mi Dueño” a la vez que tomando una con la mano, con humildad yo misma la llevé a Su Boca.

            En ese momento comprendí que algo había hecho mal… Nada sabían nuestros amigos de mi Pertenencia a mi Señor. No me atrevía a levantar la mirada, tenía la total certeza que mi Señor me estaría atravesando –y torturando- con Su Mirada. Por el rabillo del ojo miré hacía nuestros invitados, y entonces…, por la expresión de sus caras… Comprendí todo. Eran una pareja de Dominantes. Así que ya sin temor alguno, miré a mi Señor, y viendo Su sugestiva Sonrisa, me arrodillé ante a Sus Pies y besando Su Mano le di las gracias por permitirme servirLe.

            “Tienes una esclava maravillosa” exclamó Él -el Dominante-. “Siempre me ha admirado la Devoción y Amor que has Imbuido en Tu sierva” dijo Ella, para acto seguido preguntar si mi Señor había considerado la posibilidad de cederme. Mi Señor dijo que éste quizás sería el momento adecuado para hacerlo, aunque estaría presente y participando en todo momento.

            ¡Ay, que no, que yo no estaba preparada para esta situación! Mi Señor y yo claro que habíamos comentado mi cesión en infinidad de ocasiones, y yo sabía que ése era Su Deseo, pero siempre pensé que yo lo sabría, que hablaríamos y detallaríamos cómo transcurriría esa sesión. Y ahora había llegado el momento. Y yo no sabía qué ni cómo tenía que hacer. Y nunca podría perdonarme a mí misma si no conseguía que mi Señor se sintiera henchido de Orgullo por el buen hacer de Su esclava. Yo tenía que improvisar, sin saber siquiera si entre Ellos habían hablado previamente sobre lo que iba a suceder. No sabía qué esperaba de mí mi Señor. Si me hubiera hablado sobre ello, habría podido preguntarLe, y haciendo gala de esa Infinita Paciencia que tiene, habría aclarado todas mis dudas. Miré a mi Señor con lo que yo pensaba era una mirada de súplica, pero al ver el brillo de Sus Ojos, con un atisbo de Su Orgullo que me daba la vida, me sentí fuerte y segura. Estaba con mi Señor, nada malo podía sucederme. Y yo tenía que mostrarme digna de tan Gran Señor. Así pues, con un gesto solicité Permiso para levantarme, y me lo concedió con un fugaz guiño de Sus Ojos. Con cuidado desabroché mi vestido y lo dejé caer al suelo. Todo mi cuerpo estaba al descubierto; únicamente una pequeña pieza de lencería de encaje negro cubría parcialmente mis senos y vientre, acabando en unas finas cintas de terciopelo que conformaban el liguero que sujetaba mis medias. Con sumo respeto me dirigí a mi Señor, preguntando si era Su Deseo que Les sirviera los licores en el salón. Mi Señor asintió con una Sonrisa dulce y perversa a la vez.

            Mi Señor se sentó en Su butaca preferida (esa butaca donde tantos y tantos magníficos azotes había recibido yo, tumbada sobre Su Regazo), mientras Ellos se sentaban enfrente. Serví a mi Señor el néctar de Ron-Miel que tanto Le gusta, así como a Sus Invitados los licores que deseaban degustar. Mi Señor me indicó con un movimiento de Su Mano que me acercara, y allí, a Sus Pies, me arrodillé. Estuvieron hablando y comentando animadamente, aunque mis sentidos ya no estaban puestos en la conversación. Por supuesto la seguía, e intervenía cuando se dirigían expresamente a mí. Pero mi alma y todo mi ser pertenecían por completo a mi Señor. Me sentía enteramente Suya.

            Mi Señor dejó Su Copa en la mesa. Se desabrochó el pantalón, y dijo a Sus Invitados: “Mi pequeña puta va a tener ahora la boca ocupada. El resto de su cuerpo está a Vuestra entera disposición”. Me incorporé un poco, a la vez que giraba mi posición, y nada más ver la Hombría de mi Señor, tan Erecta y Perfecta en Sus Formas, pensé que estallaría en un orgasmo animal. Pero, como es obvio, me contuve. Mi Señor tomó mi cabeza entre Sus Manos, y en un solo movimiento introdujo Su firme Miembro en mi interior, con tal fuerza y tal profundidad que sentí en la punta de los dedos de mis pies todo Su Deseo y Su Dominación. Mi piel percibió la proximidad de Él y de Ella. Él empezó a acariciar con suavidad el contorno de mis nalgas. Sus dedos parecían soplar por encima de mi piel. Sorpresivamente, comenzó a azotarme. Primero en un lado, luego en el otro. Más rápido cada vez, más fuerte, más veces seguidas en cada nalga.

            Mientras tanto, Ella se había acomodado en el hueco que formaban las Piernas de mi Señor y mi cuerpo; con una mano azotaba mi entrepierna mientras la otra pellizcaba mis ya duros pezones. En ese momento yo no era capaz de sentir ninguna clase de dolor. En mis manos, jugando con mi lengua, tenía dentro de mi boca el Miembro de mi Señor. Hinchado, muy Hinchado, Duro, muy Duro y…, Palpitante. Cada latido Suyo hacía circular olas y olas de vida y placer en mis venas. Ella dejó de azotarme. Había impregnado Sus dedos con Su propia saliva, y los deslizaba con mucha pericia por mi sexo, ya convertido en un explosivo a punto de estallar. Intuitivamente deduje que no era el Deseo de mi Señor que yo mostrara cuánto placer me estaba produciendo sentirme Suya, saber que yo no era nada sino solo aquella que Él ha elegido para satisfacerLe y servirLe. Como en cada ocasión que siento inquietudes, temores o tengo dudas sobre qué hacer, me concentré más y más aún en mi Señor. Su Imagen era lo único que había en mi interior. Y así, mis reacciones físicas dejaron de tener importancia. Mi mente era un torbellino de Sonrisas y Guiños de mi Señor, combinados con alguno de Sus Suspiros.

            Como en fotogramas desordenados, recuerdo ahora que ya no estábamos en el salón, sino en el dormitorio. Mientras yo lamía con lujuria el Ano de mi Señor, estaba siendo penetrada con un vibrador y pinzada en mis pechos. Veo escenas voluptuosas, de lascivia. Y por encima de todo veo a mi Señor. La figura de mi Señor inundaba y ocupaba mis pensamientos. Mi Señor… Imponente, Majestuoso. Una forma etérea, casi desdibujada, pero con un Brillo y una Luz que sólo un Grande, sólo un Espíritu Elevado puede mostrar. Mi Señor me estaba Poseyendo desde mi interior, empapándome con Su Contorno. Tiñendo de Paz mi existencia, mi cuerpo, mi alma.

            Como una ráfaga de viento, otra imagen cruza ahora por mi mente. Veo mi espalda. Estoy de rodillas. Mi cabeza está entre las piernas de Ella. Nunca antes había yo dado placer a una mujer. Y ahora lo estaba haciendo. Lo estaba disfrutando. Pero no veo Su cara. Está procurando placer a Él, con las manos. Sobre mi espalda cae lentamente la cera derretida que Él derrama sobre mí.

            Y mi Señor…, mi Señor me estaba Sodomizando. Sus Embestidas aumentaban en fuerza y velocidad… Mis sentidos percibían con claridad que Su Deseo iba a ser completa y placenteramente satisfecho, cuando Su Voz, Su amadísima Voz resonó por toda la estancia: “Mi pequeña…, Mi pequeña… Eres Mía”. Sus Palabras hicieron que mi cuerpo se desmembrara. Toda mi mente quedó a oscuras. Sólo un minúsculo punto de Su Luz brillaba en el centro de aquellas tinieblas. Y aquella Luz, Su Luz, explotó brutalmente iluminando…, inundando y arrasando todo a Su Paso. Yo me había desintegrado en un total frenesí, en destellos de Amor y Felicidad.


            Como una muñeca de trapo, dejada allí al azar, estoy desordenadamente caída en ese estrecho camino. Y comienzo a salir de esa especie de letargo en que he entrado. Intento incorporarme, y al apoyar mis manos sobre esas extrañas paredes, una breve imagen de esa noche cruza por mi mente. Esto es algo insólito. Vuelvo a rozar esa pared, y otra escena de esa noche de pasión y Amor y sumisión recorre mi mente. Esto no es posible… Son recuerdos. Pero… ¿dónde estoy? Y el conocimiento, la certeza se abren paso entre mis pensamientos. No estoy dentro de un caracol imposible. Estoy dentro de mi cerebro. Los jeroglíficos en relieve son la crónica de mi memoria, de mis recuerdos y vivencias, y yo los estoy leyendo con mis dedos. Más preguntas, atropellándose unas a otras, me asaltan. Pero… ¿Cómo puedo tener recuerdos –reales, muy reales- de algo que no he vivido? ¿Son deseos? ¿Son predicciones? ¿Serán Verdades? ¿Serán Mentiras? ¿Son espejos o espejismos? No, no es mi imaginación, no es mi fantasía. No, no son sueños. ¿Realidad o quimera? ¿Qué soy? ¿Quién soy? … ¿De Quién soy?  …

¡Qué difícil es esconderse de una misma!