jueves, 16 de junio de 2011

Libre atada a Él.

       Mi Señor, mi Amado Señor. OmniPresente. Por la tarde volvió a hacerme soñar; en realidad, puso en mi cabecita el sueño que Él quiere para la noche. Nada más cerrar los ojos soñé. Estoy descubriendo tantos mundos nuevos, tantas nuevas sensaciones... ya sé que el amor que me hace sentir es inconmensurable, ilimitado, infinito, inagotable; y aún sabiéndolo, otra vez Logra mi Señor que parezca que es la primera vez que veo, que siento tanto amor. Le amo tanto… Atada a Él soy completamente libre.


        Todavía no se han descubierto los lugares a los que Él me lleva. Me Permitió sentarme encima de Él, también sentado. Ambos frente a frente, yo me sentía parte de Él, tan unidos estábamos. Todo natural, lógico. Me Dijo que yo era ya carne de Su Carne. Asentar ese pensamiento, tener la prueba física de ello, me hace demasiado feliz. Tanto, que dejo de respirar por la nariz o la boca, y empiezo a respirar por la piel.

        Hay un balanceo, una fuerza inexplicable, suave pero firme, que nos hace movernos a un ritmo que no sé de dónde proviene. Abro los ojos para mirar a dónde me ha llevado mi Señor (a Él Le veo siempre, aún con los ojos cerrados). Oh, otra prueba más de Su Poder. Estamos sentados en medio del océano, son las olas las que nos mecen. Estamos en penumbras, pero mis ojos se van acostumbrando, y veo más y más detalles. Bajo una mano, para tocar el agua. No está mojada, el tacto no es áspero, es un suave terciopelo. Bueno, mi Señor Puede hacerlo, pienso. Se aproximan unas olas enormes, y cuando se levantan con tanta fiereza que parece que nos van a aplastar, forman una bóveda que nos cobija.

    Aparecen de alguna parte unas sirenas, preciosamente engalanadas, portando instrumentos que no he visto en toda mi vida. Y tocan, tocan para nosotros. La música que me Hizo escuchar esta tarde mi Señor. Y una legión de caballitos de mar alumbran ahora todo con sus antorchas. El mismo Neptuno le ha cedido a mi Señor esta estancia celestial.

        Mis ojos miran ahora a mi Señor. Tan Poderoso, Tan Grande. Y Sonríe. Sus Manos me agarran por la cintura, y me Penetra. Me Está haciendo Suya, demostrando mi Pertenencia a Él. Está completamente dentro de mí, creo que voy a perder el sentido. Y Sus Embestidas hacen que por mi espalda suban toneladas de placer. Sus Abrazos me convierten en insustancial, otra vez mi cuerpo se transforma. Y empiezo a ser la música que suena, y mi Señor me toma con fuerza, el placer que me proporciona alcanza el techo de la bóveda de agua, y vuelve a entrar en mi interior con más intensidad de la que salió. Me arqueo, me abrazo a mi Señor y el tacto de Su Piel es aún más placentero, más grande para mí que toda la fuerza del océano que nos rodea. Y mi Señor sigue Sonriendo, Sabe que otra vez no queda espacio en mi interior para más música, más gemidos o más placer. Cierra Sus Ojos, Sus Brazos me estrechan un poco más, y en una última Embestida me llena de Su Esencia. La brutalidad con la que se abre la bóveda de inmensas olas, la ferocidad con que arremete el agua, son irracionales. Estoy en éxtasis, mi Señor, en Su Grandeza, ha Permitido que yo roce, con la punta de mis dedos, la belleza de la divinidad.

       Me despierto. Sólo siento amor. Mi Señor me Da la vida. Saberme Suya es la única explicación que hay para que mi corazón siga latiendo. Cada latido sólo significa una cosa: Siempre Suya, Siempre Suya, Siempre Suya…

viernes, 10 de junio de 2011

Su Bosque.

        Me encanta este bosque. Cuando esta tarde llamó mi Señor y me dijo que Le vería aquí al atardecer, me invadió tal sensación de plena felicidad que casi hasta me sentí culpable. Y ahora los últimos rayos de sol intentan atravesar las altas copas de los árboles, tan altas son que algunas se pierden lejos de mi mirada. Gruesos troncos acaban en enormes raíces que ocultan el camino que ya casi no se ve; la luz no consigue atravesar las retorcidas ramas. Y sin embargo, aquí, en este bosque, siempre me siento tan segura, tan vulnerable, tan protegida y tan expuesta a la vez…

        Ya el día ha cedido su reino a la noche, y en este intervalo en que ni el sol ni la luna llegan a verse, las tinieblas se apoderan del bosque. No tengo miedo alguno, sólo pienso en mi Señor, en verLe aparecer por el tortuoso camino, ver Su Sonrisa, que anticipa el éxtasis ante el cual hasta las altas copas de los árboles se encogerán. Y mientras pienso que el Poder de mi Señor sólo hace más patente mi fragilidad, a la vez que mi fortaleza, un quebrar de hojas secas al otro lado del camino me hace girar la cabeza. Pero no veo nada, no hay nadie. Y otro crepitar parece sonar a mi espalda, y aunque de un salto me doy la vuelta, sigo sin ver nada. Es el bosque de mi Señor. ¿O es que mi Señor es ahora el Bosque? Y repentinamente, Su Voz se Apodera de todo mi ser: “Busca Mis Palabras. Ahí estaré Yo. Te espero, no tardes”.

      ¿Es un acertijo? ¿Cómo busco yo Sus Palabras? Aquí parada, desde luego no. Y me adentro en el camino. Conozco bien el bosque, no necesito casi ni mirar dónde pisar. Un poco más adelante nace una estrecha senda que desemboca en un claro, y hacia allí me dirijo. ¡Oh, no… Esto no es posible! Los árboles se mueven, cambian de lugar, me cierran el paso. El bosque pertenece a mi Señor, Le obedece. Es una señal que envía mi Señor, no debo buscar por aquí. Intento retomar el camino, pero ha cambiado también su posición. Está oscuro, he dado vueltas y he perdido la orientación. Y mi corazón se acelera. Y sigo caminando, cada vez más rápido. Y casi sin darme cuenta, empiezo a correr, sin ver, sin pensar siquiera por dónde voy.

       Una rama aparece de la nada, mis tobillos se enredan en ella y caigo de bruces. Intento soltarme, sin conseguirlo. Se ha acelerado tanto mi respiración que cada vez que tomo aire, siento una punzada de dolor en el pecho, mientras mis ansiosas manos tratan de luchar con las cuerdas de madera. Una ráfaga de aire mueve las copas de los árboles, y la blanca luz de la luna ilumina mis manos, a la vez que mi mente: Están empezando a teñirse de color carmesí. Me estoy lastimando. Y eso es algo que mi Señor, expresamente, me ha Prohibido hacer. Y no sólo en eso consiste mi desobediencia. Tampoco he buscado Sus Palabras. Y además, Le estoy haciendo esperar. Sé lo que va a pasar ahora, enderezo mi cuerpo quedando de rodillas, y a la vez que levanto los brazos nuevas cuerdas de madera aparecen y amarran mis manos por las muñecas. Al bajar la cabeza, baja también mi mirada. Una leve brisa acaricia con dulzura mis cabellos. Pero cada vez sopla más fuerte, pasando a ser aire. Y finalmente, ráfagas de viento hacen restallar las ramas de los árboles bajo mi espalda, justo en las prietas y redondeadas curvas que tanto gustan a mi Señor, y los azotes continúan. Pero mi Señor es Grande. Y Generoso. Y Ama a Su pequeña sumisa. Y hace que escuche nuevamente Su Voz: “Busca Mis Palabras.” Ante Su amada y dulce Voz, olvido mis miedos, sólo pienso en Él. Y en Sus amadas Palabras: Serenidad… Para pensar. Inteligencia… Para ver. Conocimiento… Para comprender. Entrega… Para saber.

Cesa el viento, se aflojan mis ataduras y caigo al suelo. Desaparecen las ramas que ataban mis muñecas y tobillos. Me pongo en pie, y miro a mi alrededor. Veo un enorme árbol, cuyas abundantes ramas nacen desde muy abajo del tronco… Casi como una escalera. Casi no hace falta que trepe por el árbol, sólo subo y subo. Cuando alcanzo la cima, la brillante luz de la luna me sonríe. E ilumina todo el bosque para mí. Desde tan alto, veo todo. Un intenso destello ahí abajo hace que casi tenga que cerrar los ojos. Pero vuelvo a mirar, a recordar… Había un riachuelo en el bosque, largo, sinuoso, con muchos recodos que casi parecen formar… Letras. La luna me guiña un ojo, y atenúa la intensidad de su luz. Ahora veo bien el Agua, y puedo leer lo que Escribe en el bosque con Sus Palabras: ERES MIA.

“Ya voy, mi Señor. No tardo nada.” Y feliz, comienzo a bajar del árbol.

A Sus Pies. Siempre, Siempre Suya.

sábado, 4 de junio de 2011

Sublime Dominación.


















            Estoy asomada a la puerta. Realmente no es una puerta, tan sólo el bastidor. Y lo que hay al otro lado es… Nada. Está todo completamente oscuro, negro. ¿Alguna vez han practicado paracaidismo? Yo no, pero creo que así es exactamente como me siento, justo antes de saltar al vacío. Y vuelvo a mirar lo que hay más allá, al otro lado. Sabiendo que no hay nada que ver. Pero esta vez algo ha cambiado. La negrura es ahora cálida. Su tibieza me envuelve. Y es por la voz. Su Voz.

-         Cruza. No tengas miedo. Confía en Mí.
-         Sí lo hago, si confío. De verdad que sí. Pero creo que me caeré, y me haré daño.
-         Yo no lo Permitiré. No dejaré que caigas.

            Y confiada, o menos desconfiada debería decir, cruzo bajo el dintel de la puerta. Pensando que no habrá suelo firme bajo mis pies y empezaré a caer, volando hacia abajo. Me recuerda mucho a Alicia y su maravilloso País. También imagino que el suelo estará caliente, ardiendo, y que la lava me consumirá en un fugaz instante. Y en afilados dientes de tiburones, y no sé bien en cuántas barbaridades estoy pensando. Pero sucede exactamente lo único que no imaginé pudiera suceder. Y es que noto que no hay suelo bajo mis pies. Pero tampoco me precipito hacia el fondo. Estoy caminando por el aire. O al menos eso es lo que perciben mis sentidos.

          Mis primeros pasos son muy tímidos, inseguros. Apenas me he adentrado unos metros en esta nueva dimensión, cuando vuelvo a sentir en la espalda ese escalofrío de miedo a lo desconocido. Y corro despavorida como una gacela perseguida por leones hacia la entrada de mi mundo conocido. No bien acabo de volver a entrar, ya lo estoy lamentando. Mi mundo de siempre, mi rutina y todo lo que tan bien conozco no me proporcionan esa seguridad que, por un instante, tuve en el otro lado. Y vuelvo allí, a la frontera entre mi absurda realidad y mis más profundos y ocultos deseos. Y a pesar de haber tenido miedo, sé ahora que cuando cruce estaré segura. Y lo hago. Y otra vez estoy con Él. Todo lo que era negro es ahora de muy bellos colores, los árboles son más verdes y frondosos, las frutas que dan los árboles son más dulces, el agua de las fuentes refresca más y mejor mi garganta. Y sobre todo y por encima de todas las cosas, soy feliz sabiendo que Él también lo es.

            Pero a la par que crece mi felicidad, crecen también mi imprudencia, mi atrevimiento, mi insolencia, mi rebeldía. Ya no recuerdo que no hay suelo bajo mis pies, puesto que lo que veo a mi alrededor me hace olvidarlo. Es tal mi temeridad que con cada don que recibo en esta dimensión, mi otra realidad, mi otro yo en su mundo real, en vez de recibir virtud, como así debería ser, incrementa el poder de cada defecto que ya poseía. Y lo que es más grave, yo no me doy cuenta de lo que está pasando.

            Hasta que sucede lo que irremediablemente tiene que pasar por no estar atenta a lo que sucede en mi interior, y es que de todos los pecados, cometo el mayor, el único que no puede ser perdonado. Me suelto de Sus Manos, y dejo de confiar en Él. Y ahora sí que me precipito a gran velocidad en el vacío que hay bajo mis pies.

            Abro los ojos. Tengo la absoluta certeza de que he muerto, no creo que sea posible sobrevivir a esa caída. Pues no. Estoy en mi cama. Viva. Miro en mi interior, y al llegar al lugar por donde se cruzaba al otro lado, veo que ahora sí que hay una puerta encajada en lo que antes era sólo un bastidor. Y la puerta, evidentemente, está cerrada. Comienza ahora mi verdadero aprendizaje. Ahora, que es cuando más valoro lo que tuve y que yo misma perdí.

            ¿Y qué es lo que tuve? Sólo había algo en mi vida, saber que Le pertenecía. Y al ser Suya, todo lo mío pasó a ser Suyo también. Puede parecer que no tenía nada, pero es justo al contrario, perteneciéndole a Él lo tuve todo.

            Siempre he sabido que mi Señor es Grande, el más Grande entre los Grandes. Y ahora me hace una demostración de Su Grandeza. Quiero pensar que Él es perfectamente consciente de lo que me está sucediendo, y que éste es Su Deseo y Su Voluntad. Pero también es cierto que mientras yo caía al vacío una vital enseñanza se iba grabando en mí pequeña mente, y es no tratar de entender ni predecir ni mucho menos intentar esclarecer las razones y motivos que mueven a mi Señor. Así pues, me limitaré a explicar lo que me está sucediendo ahora, lo que yo pienso. Para mí es cierto. Es mi verdad. Aunque sea en forma de sueños y deseos.

            Mi Señor me está domando. Con Su Silencio, me enseña a escuchar. Con Su Ausencia, me enseña a esperar. No dejándome sentir el tacto de Sus Manos en mi piel me enseña a obedecer. No dejándome ver la Sonrisa en Sus Labios me enseña a tener fe. No mostrándome el Orgullo en Su Mirada me enseña a amar. Creo que a esto se le llama entrega incondicional, sin condiciones. Total entrega a cambio de… Nada. Ni tengo ni espero Su Aprobación, Su Amor, Su Complicidad, Su Placer, ni tan siquiera Su Enfado. Y no teniendo nada que esperar, sin embargo soy feliz. Sí, soy feliz.

            Así pues, mi Señor es ciertamente Grande. Mucho. Ahora siento que soy más Suya. Es Dominante en la distancia y en el olvido. Si tuviera que calificar a mi Señor y Su Dominación, sólo una palabra acude a mi mente: Es Sublime.