sábado, 6 de agosto de 2011

Perversas Delicias.


           Museo del Prado. Sala de los pintores flamencos. El Bosco. El Jardín de las Delicias. Justo enfrente de esta maravillosa obra pictórica, un banco de madera. Mi Señor, sentado. Y yo, yo de rodillas, abrazada a Sus Piernas, la cabeza ladeada y la mirada perdida en los fascinantes delirios de un gran y admirado maestro. A duras penas mi mente puede absorber las intensas sensaciones que me invaden; me abrazo con más fuerza a mi Señor, levanto la cabeza, y Él, con un gesto de Aprobación, da a entender que me Permite dejar volar mi fantasía.

            Cierro los ojos, y aún casi no soy consciente de haberlo hecho cuando mi Señor me levanta, me sitúa frente a Él, Sus Manos se posan sobre mi pecho…, y con un movimiento inusitadamente rápido me arranca toda la ropa. Levanta mis brazos, y ata mis muñecas a unas cadenas que, ahora, salen del techo. Separa mis piernas, y mis tobillos son apresados por unas argollas que acaban de nacer en el suelo. Yo no sé qué va a pasar, qué va a hacer mi Señor conmigo, sólo soy capaz de percibir la intensidad del amor que siento por Él. Estoy en Sus Manos, tranquila, segura y protegida.

            Cuando Sus Manos aprietan mis pechos, vuelvo a cerrar los ojos y me abandono por completo a las sensaciones de placer, las que siento ahora y las que ni siquiera soy capaz de imaginar que vendrán después. Mis pezones son mordidos por Él, desearía que me los arrancara de un bocado si eso Le produce Placer. Pero no lo hace. Ha dejado de tocarme, ya no Le veo. El sonido de una vara agitándose en el aire hace que vislumbre lo que va a suceder a continuación. Y sucede. Con el primer impacto en mi espalda desvío mi mirada hacia la pintura, y ahí, con cada azote en mi espalda y nalgas, empiezo a ver la Mirada de mi Señor paseando por un paraíso entre cuerpos entregados al éxtasis en posturas imposibles y entre los gestos más de sorpresa que de dolor que plasman la idea de un infierno que casi pareciera placentero.

            Cesan los azotes, y mis sentidos me advierten de una presencia en la sala. Se trata de una mujer. Por su vestimenta está claro que trabaja en el museo. Debe tratarse de una vigilante. La miro, y es hermosa. Por la forma en que camina, percibo que también puede ser perversa. Mi Señor Se dirige a ella:

"¿Te parece apetecible Mi pequeña puta?"

La mujer asiente con una mirada de lascivia. Y ante el gesto de ofrecimiento que Le hace mi Señor, la mujer se acerca a mí, noto su aliento en mi cuello. Me besa, su lengua resbala por mi piel, mis pechos, mi espalda, mis nalgas, aliviando y refrescando el calor con que los azotes la han impregnado. Las manos de ella están ahora explorando mi intimidad. Mi Señor nunca me entregó a otra mujer, y ahora, en contra de lo que yo siempre había pensado, no siento ningún rechazo, mis gestos delatan el placer que siento mirando la expresión tan Poderosa que refleja la mirada de mi Señor. La mujer ahora está agachada frente a mí, sus manos agarrándome por detrás, con su boca pegada entre mis piernas y su lengua invitándome a estallar en un orgasmo salvaje. No puedo aguantar más, me arqueo, voy a explotar con tanta fuerza que creo seré capaz de arrancar las cadenas del techo. Me deleito pensando en el frenesí que me producirá la siguiente lamida, cuando mi Señor retira, de improviso, la cabeza de la mujer. Mis ojos suplican a mi Señor que me Permita acabar. Y me habla:

                       "¿Quieres correrte? ¿Es eso? Eres una perra caliente, Mi zorrita a la que le gusta ser usada. Contesta a tu Señor, pequeña."
 
            Intento chillar, “sí, sí mi Señor, quiero correrme, quiero ser Suya”. Pero ninguna palabra sale de mi boca, por más esfuerzos que hago no soy capaz de hablar. Sólo mi mirada de súplica es una respuesta. En ese instante me doy cuenta que es Él quien va a proporcionarme tanto placer, sólo para Él, siempre para Él. Una sensación de desmayo me sube por las piernas cuando siento el primer azote que mi Señor me propina en la entrepierna. Mis carnes, la piel de mi sexo está tan hinchada, tan ávida de placer que ese azote atraviesa mi cuerpo hasta la espalda. Las Manos de mi Señor siguen azotándome, y ahora soy yo quien está paseando, totalmente extasiada, dentro del cuadro. Mi cuerpo ha reaccionado destilando humedad por entre mis piernas, y con esos jugos impregnados entre Sus Dedos es como la destreza de mi Señor acaba por llevarme a la misma dimensión con la que soñó Hieronymus Bosch, el Bosco.

            Unas manos me están ayudando a levantarme, son varias las personas que están a mí alrededor. Incluso una turista, con cara de preocupación, me abanica con fuerza, como si ese gesto fuera a devolverme la vida. Agradezco a esos desconocidos su ayuda, les tranquilizo con mis palabras, comento que habrá sido una bajada de tensión, un desmayo sin mayor importancia. El brillo de mis ojos y la franca sonrisa que muestro dejan bien patente que no ha sido eso lo que ha sucedido.